ser prudente al hablar es quizás la mejor política

No faltan en nuestra memoria consejos y refranes que animen a la prudencia a la hora de manifestarnos. Hay que tener especial cuidado a la hora de expresar nuestra opinión, saber cuándo, cómo y, sobre todo, con quién debemos hacerlo para que la imagen que proyectamos hacia los demás sea óptima. No pensar antes de hablar nos puede dejar a la altura de un patán.

Parece que la juventud, e inexperiencia, nos anima a explicarnos más de lo que nadie nos ha pedido. Sentimos la necesidad de justificar hasta lo más evidentemente, sin darnos cuenta, que con ello ponemos al descubierto nuestras propias carencias.

Opinar es sencillo. De hecho, cualquiera puede hacerlo. Ofrecer una opinión medianamente sensata y con una base de conocimiento suficientemente amplia como para no soltar una simpleza, eso ya es otra cosa.

Quisiera ilustrar esta idea con una situación que viví hace unos días: acudí con un buen amigo a un restaurante. Nos sorprendió que, a pesar de que aún era una hora prudente para cenar, la falta clientes en las mesas de la terraza o en la barra, invitaba al gerente a cerrar el restaurante. A pesar de todo, se nos invitó a pasar para cenar, cosa que agradecimos.

Sentados a la mesa, el camarero, encargado de recoger, limpiar y cerrar el local -el gerente ya se había marchado hacia unos minutos- nos trajo la comida y la bebida que le habíamos pedido. Sin duda, la imagen del local y del servicio era muy satisfactoria. Nos sentíamos agradecidos por una atención tan amable. El camarero nos pidió permiso para ir recogiendo mientras cenábamos, cosa que, obviamente, no nos importó en absoluto. En este momento se empezó a estropear la buena impresión inicial.

El continuo parloteo del camarero auto alabándose mientras recogía, incluso esperando una respuesta laudatoria por nuestra parte, y dando señales más que evidentes que no aceptaría otra respuesta, al menos por mi parte, empezó a estropear esta noche. La imagen del camarero y del local quedó dañada y, particularmente, no creo que vuelva a pisarlo de nuevo.

Al final, una situación que, inicialmente, comenzó siendo muy agradable, finalizó con una imagen muy desfavorable tanto del personal que nos atendió como del mismo local. Probablemente, guardar silencio y no dar tantas explicaciones -que ni mi amigo ni yo- habíamos solicitado nos hubiera dejado mejor sabor de boca.

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