El valor de la autoridad en caida libre

El valor de la autoridad en caida libre

Recuerdo perfectamente que en mi juventud había figuras que su sola presencia daba una sensación de autoridad y respeto: mis padres, mis abuelos, mis profesores o un agente de policía. Añoro esos tiempos confrontandolos con la caótica realidad en la que vivimos actualmente y, peor aún, la que le tocará vivir a mis hijos.

Estas tradicionales figuras de autoridad necesarias para mantener un orden en la convivencia, se han diluido casi por complejo. No falta el día en el que el niño ofendido por  haber sido reprendido por un profesor a causa de su mal comportamiento lo somete de inmediato a falsas acusaciones. Ni que decir tiene que los padres, antes de informarse sobre lo que realmente ha ocurrido, a menudo, creen a pie juntillas todas la injurias y calumnias que al menor se le ocurran de su maestro. El profesorado ha perdido completamente la autoridad sobre sus alumnos convirtiendo las aulas en un territorio hostil e ingobernable.

El profesorado ha perdido completamente la autoridad sobre sus alumnos convirtiendo las aulas en un territorio hostil e ingobernable.

Ni que decir tienen que muchos progenitores han abandonado su tarea de ser padres de educar, de premiar o de castigar cuando sea necesario. La realidad es bien distinta, cualquier niño puede ahora acusar a sus padres de malos tratos y éstos no gozarán del beneficio de la duda. Hasta estos extremos hemos llegado.

Sangrante es la situación de los cuerpos y fuerzas de seguridad a los que se les ha privado, prácticamente, de cualquier herramienta con la que imponer su autoridad, de la fuerza cuando sea necesario, viendose abasallada por hordas de niñatos de demás tribus urbanas que campan a sus anchas sin nada que temer en absoluto. Sus enfrentamientos con la policía son portada en los medios de comunicación casi a diario. Y lo que se está convirtiendo peligrosamente frecuente es que estas faltas de respeto a la autoridad se están haciendo cada vez más frecuentes y más violentas.

Hace algunos días la policia se vió obligada a negociar con los presentes en una multitudinaria fiesta en una localidad catalana, sin tener a mano ningún medio para imponer su autoridad y viéndose contínuamente coaccionada con las grabaciones de móviles que ya deberían estar sancionadas con duras condenas económicas e incluso prisión.

Situaciones de verdadera astracanada, imposibles de ver en casi cualquier otro país desarrollado, ha sido la multitudinaria fiesta celebrada en una localidad catalana, de alrededor de 500 personas que no es poco, y viéndose la policía obligada a negociar con los presentes en el sarao, recibiendo toda clase de insultos y amenazas o siendo coaccionados con esas grabaciones con los móviles que ya debieran estar sancionadas con duras concenas económicas e incluso de prisión.

Así todo, parece que regresamos a aquellos felices tiempos del frente popular y la III República en España en la que cualquier españolito progre llevaba en el bolsillo un papelito que le autorizaba a hacer lo que le viniera en gana si que tuviera nada que temer. Hemos llegado a una sociedad en la que todo vale y en la que priman los propios derechos, en ningún caso los de los demás.

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