Encontrando un equilibrio entre lo que está bien y lo que no lo está

Encontrando un equilibrio entre lo que está bien y lo que no lo está

Con mi café a un lado del teclado, aprovecho esta lluviosa mañana de sábado para compartir con vosotros una pequeña reflexión en la que llevo pensando desde hace algunos días. Aunque parezca un tópico el relativismo de las nuevas generaciones, unido a un profundo e irracional egoismo, está provocando que se olviden valores que, antaño, estaban muy presentes en la vída cotidiana de cualquier persona.

Pensar en que aptitudes, desde mi punto de vista, tan básicas como diferenciar qué está bien y  que no dependan de un contexto cultural o de una época en particular me parece muy preocupante. Quizás adaptar estas realidades a un sistema ideológico particular, y como ocurre en nuestros días en España, tan sectario y amoral como el social-comunismo, nos conduzca a una realidad sin retorno en el que los conceptos como la vída ya no tengan ninguna valía en especial.

Como muestra un botón: estas leyes tan despreciables que se están tratando de imponer desde la izquierda más radical como el aborto, la eutanásia e, incluso la eutanásia en menores de edad, me parecen simplemente auténticos disparates de iluminados o personas enloquecidas. Y, a pesar de éste peligroso despropósito, las personas de a pie parecen tener una actitud de completa indiferencia hacia ellas.

El esfuerzo que en que parece que están trabajando los que defienden ideologías mal llamadas progresistas, que pretenden aniquilar el núcleo familiar, puede conducirnos rápidamente a un colectivo social insolidario, falto de cualquier sentimiento de empatía, simplemente con el objetivo de satisfacer sus necesidades más primarias sin cualquier otro tipo de consideración.

La vida desde su concepción ha de ser respetada, cuidada, protegida. Aún sin entrar en que sea o no un don de Dios, es para mi uno de los valores primordiales a tener muy presentes en todo momento. No sólo por el respeto entre los individuos de una comunidad, más importante aún: la consideración y el cuidado entre los miembros del núcleo fundamental sobre el que se vertebra cualquier sociedad humana: la familia.

Me da la miedo ver que la sociedad se esfuerze en romper con miles de años de evolución en el pensamiento humano que nos han traido a la sociedad que conocemos. Y a pesar de las tragedias acontecidas durante gran parte del pasado siglo, en donde la vída humana no tenía valor alguno, en donde clases sociales, confesiones religiosas particulares, … casi fueron exterminadas, parece que no hemos aprendido absolutamente nada. Nos negamos a razonar y preferimos vivir guiados por impulsos y emociones primitivas.

Recuerdo en la insistencias de mis profesores cuando insistían en que adquirieramos una formación humanística lo más amplia posible. Estos conocimientos nos harían ser mejores personas cuando fueramos adultos, decían. Mi experiencia vital me ha demostrado cuánta razón tenían. Decía Cicerón: «el que no conoce su historia toda la vida será un niño«. Palabras ciertas, llenas de sabiduría y fueron pronunciadas por un hombre que vivió hace ya unos cuantos siglos.

Es evidente que se está haciendo un esfuerzo notable es reescribir la historia, por adaptarla a las conveniencias ideológicas particulares o de una élite que pretende manejar a una masa de personas sumisas, propensa para aceptar cualquier cosa. No nos damos cuenta de que éste es el objetivo del relativismo: reconocer el carácter relativo del conocimiento humano y negar su objetividad. Y la comunidad occidental parece que no está dispuesta a rechazar este contrasentido y a quienes tratan de imponerlo.

El que no conoce su historia, toda la vida será un niño

Cicerón

Durante toda la historia, la humanidad ha buscado la libertad personal, la virtud de un sistema democrático en el que se respeten unas verdades fundamentales y objetivas que están por encima de cualquier otra discusión ideológica. Sin embargo, la realidad en que vivimos es precisamente la contraria: falta de libertad y una cultura de la muerte, de un relativismo feroz, del aniquilamiento de las estructuras fundamentales que sostienen a las sociedades avanzadas ahora y en cualquier momento de la historia, de una objetividad y una búsqueda por la verdad real.

El mundo parece que está caminando irremisiblemente a su propia destrucción moral, creando comunidades manejadas a capricho por una élite que los gobierna y les dice aquello en lo que tienen que creer o qué es lo que tienen que pensar. Sin lugar a dudas, un retorno a tiempos oscuros, violentos y dificiles.

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