Horrísonos y lúgubres versos de Espronceda

Horrísonos y lúgubres versos de Espronceda

En aquellos años de bachillerato, tuve la ocasión de recibir clases de la que, seguramente, es una de las profesoras de literatura más dura y, a la vez, más brillantes y de las que mejor recuerdo tengo de mi época de estudiante: Pilar.

Ella supo crearnos el gusto por la lectura de los literatos clásicos de España. Uno de los periodos literarios que más me gustaron fue el del siglo XIX; particularmente: Espronceda. De su obra literaria recuerdo el poema «la desesperación«, especialmente por lo lúgubre de sus versos.

Ignoro cuál fue la causa por la que éste autor romántico escribiera éste poema. Quiero pensar que no sería la causa que a Espronceda le apasionara éstas realidades que se describen verso a verso, ni que su estado anímico le llevara a ver la vida sin apenas un atisbo de esperanza.

Corria entre los estudiante la ingenua e infantil historia de que la causa de aquel pesimismo no era otro que el autor se viera rechazado por su amante a causa de sus contínuas indiscrecciones, al desvelar secretos de alcoba a sus amigos. Y pienso que no deja de ser eso: unas fantasías de adolescentes.

Quiero reproduciros el poema para que vosotros mismos juzgueis:

Me gusta ver el cielo
con negros nubarrones
y oír los aquilones
horrísonos bramar,
me gusta ver la noche
sin luna y sin estrellas,
y sólo las centellas
la tierra iluminar.

Me agrada un cementerio
de muertos bien relleno,
manando sangre y cieno
que impida el respirar,
y allí un sepulturero
de tétrica mirada
con mano despiadada
los cráneos machacar.

Me alegra ver la bomba
caer mansa del cielo,
e inmóvil en el suelo,
sin mecha al parecer,
y luego embravecida
que estalla y que se agita
y rayos mil vomita
y muertos por doquier.

Que el trueno me despierte
con su ronco estampido,
y al mundo adormecido
le haga estremecer,
que rayos cada instante
caigan sobre él sin cuento,
que se hunda el firmamento
me agrada mucho ver.

La llama de un incendio
que corra devorando
y muertos apilando
quisiera yo encender;
tostarse allí un anciano,
volverse todo tea,
y oír como chirrea
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Me gusta una campiña
de nieve tapizada,
de flores despojada,
sin fruto, sin verdor,
ni pájaros que canten,
ni sol haya que alumbre
y sólo se vislumbre
la muerte en derredor.

Allá, en sombrío monte,
solar desmantelado,
me place en sumo grado
la luna al reflejar,
moverse las veletas
con áspero chirrido
igual al alarido
que anuncia el expirar.

Me gusta que al Averno
lleven a los mortales
y allí todos los males
les hagan padecer;
les abran las entrañas,
les rasguen los tendones,
rompan los corazones
sin de ayes caso hacer.

Insólita avenida
que inunda fértil vega,
de cumbre en cumbre llega,
y arrasa por doquier;
se lleva los ganados
y las vides sin pausa,
y estragos miles causa,
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Las voces y las risas,
el juego, las botellas,
en torno de las bellas
alegres apurar;
y en sus lascivas bocas,
con voluptuoso halago,
un beso a cada trago
alegres estampar.

Romper después las copas,
los platos, las barajas,
y abiertas las navajas,
buscando el corazón;
oír luego los brindis
mezclados con quejidos
que lanzan los heridos
en llanto y confusión.

Me alegra oír al uno
pedir a voces vino,
mientras que su vecino
se cae en un rincón;
y que otros ya borrachos,
en trino desusado,
cantan al dios vendado
impúdica canción.

Me agradan las queridas
tendidas en los lechos,
sin chales en los pechos
y flojo el cinturón,
mostrando sus encantos,
sin orden el cabello,
al aire el muslo bello…
¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!

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