La losa a las puertas de la iglesia

La losa a las puertas de la iglesia

Siempre llamó mi antención aquella losa -supongo que de marmol- a las puertas de la iglesia a la que me llevaba mi abuelo para asistir a la misa dominical.

Era una mezcla de juego y prudencia el evitar pisar el espacio que ocupaba. Ya era bastante mayor, por aquel entonces, para saber que debajo podían encontrarse los restos de un difunto. Pero, ¿por qué precisamente en aquel lugar?, a la entrada del templo y no en su interior, en un lugar reservado para ello. No dejaba de hacerme éstas preguntas.

Probablemente niguno de estos temores tuvieran el menor fundamento. Lo cierto es que mi abuelo, con su facilidad para inventarse narraciones que, casi al momento, captaban toda mi antención, tuvo la ocurrencia un buen día de dar respuesta a mis insistentes preguntas con una historia seguramente inventada sobre la marcha.

Aún con todo, tenía su moraleja; una enseñanza moral durante un rato de entretenimiento, sentados en un banco de la plaza esperando que llegara el momento de entrar a misa. Era muy corriente entonces que los mayores contaran historias a los niños y estos quedaran embobados escuchandolas atentamente.

Comenzaba la historia  refiriendo a un notable en la ciudad de Martos, cuya vída no había sido otra cosa que una sucesión de tropelías hacia sus convecinos, pidió en sus horas postreras, cuando la muerte ya llamaba a su puerta, que fuera sepultado en un lugar en donde, a todos aquellos a los que agravió en vida, pudieran pisar el lugar en el que descansaría para siempre.

Este seguramente no supodría ningún consuelo para los que sufrieran la afrentas de aquel anónimo individuo. Sólo en última instancia, al momento de rendir cuentas por las acciones buenas y malas de toda una vida, pueda hallarse en el hombre la conciencia de su mal obrar y una sincera muestra de arrepentimiento.

Aquella historia quedó grabada en mi memoria, como muchas otras que traen a mi mente el recuerdo de los buenos ratos que pase junto a mi abuelo Juan María.

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