Libres de nuestros actos y presos de sus consecuencias

Libres de nuestros actos y presos de sus consecuencias

Lo más probable es que ésta narración sea pura ficción, o tal vez hubo alguna historia real que la originara. Lo cierto es que ha ido circulando de boca o boca, de un vecino a otro durante muchos años.

Me la contaron por pura casualidad y captó mi atención desde la primera frase. Se desarrollaba en tiempo más oscuros. Repleto de devociónes mezclados con supersticiones. Gente sencilla, con los conocimientos justos para sobrevivir en su entorno rural.

Entendían la naturaleza de aquella sabiduría ancestral que le habían transmitido padres y abuelos. Lo demás lo suplian con una profunda fe en sus devociones religiosas, tal vez también heredadas de sus mayores.

Aquellos años no habían sido buenos. Las cosechas cubrían apenas las necesidades de la familia. Una miseria que conducía a la desesperación. La sequía duraba ya demasiado. Ese agua tan necesaria, portadora de vida, no llegaba. El campo se moría poco a poco.

En estos momentos la fe tomaba un papel protagonista. Hombres y mujeres volvían los ojos a las figuras de aquellos santos y virgenes en las sencillas ermitas rurales. Imploraban ayuda. Se les solicitaba su intervención para que la lluvia volviera y regara esos campos. Que la vida volviera a ellos y que dieran el suficiente fruto para alimentar a los suyos.

Pero ese milagro no llegaba. A pesar de ello, las plegarias no cesaban. El traslado, en procesión, del santo por las calles de la aldea era una muestra popular más de esa devoción primitiva, en la esperanza de que se escucharan sus peticiones en el cielo.

Ante el asombro de todos, que se yo si fuera por pura desesperación, por ingenuidad, el caso es que uno de esos jóvenes aldeanos tomó la imagen del santo arrojándola a una fuente con el propósito de que esa representación en madera del santo comprendiera qué es lo que la aldeanos necesitaban con tanta premura.

¿Fue casualidad?. No sabría decir. El caso es que cuentan que aquella misma tarde descargó sobre la aldea una tormenta que ni los más viejos del lugar recordaban. Los arroyos se desbordaron. Las calles y las casas quedaron anegadas. Sin embargo, un acontecimiento significativo ocurrió aquella tarde: una enorme roca se deslizó por una ladera entrando por los corrales de la casa en la que vivía el autor de la blasfemia, saliendo por la puerta de la calle.

Aquella mala decisión, sin duda realizada de una manera atolondrada, tuvo unas consecuencias terribles. Fue libre cuando los vecinos vieron horrorizados como realizaba ese irreflexivo acto. Fue preso de sus consecuencias.

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