A lo largo de mi vida he tenido ocasión de recibir valiosas lecciones. Unas más duras que otras, pero estoy seguro de que era imprescindible que las aprendiera. Me han proporcionado una experiencia indispensable. A través de ellas he comprendido como debo relacionarme en mi entorno.

Ahora puedo decir que la más dura de todas fue la que sirve de título a este escrito. Siempre he sido una persona a la que ha movido ofrecer ayuda gratuitamente sin esperar nada a cambio. Bueno si, tal vez una cosa: ganarme con mi esfuerzo respeto y consideración.

Cuando me ha apasionado algo, le he dedicado todo el tiempo que fuera necesario, sin regatear nada. Mi experiencia personal me ha enseñado que esto es un error, más aún en la época que nos ha tocado vivir.

Hay pululando por ahí toda una serie de parásitos que se nutren del trabajo de quienes le rodean para alcanzar sus objetivos personales. Una vez conseguidos, le volverán la cara a los que le ayudaron apropiándose de sus méritos como propios.

En una época de banalidad y relativismo, el esfuerzo que dediques a otros debe dosificarse y racionalizarse. Nunca regalarlos. Si lo haces, no vas a conseguir aprecio de nadie. En todo caso su desprecio. Cuanto antes se aprenda esto, mucho mejor.

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