Officia in re publica exercitatorum

Officia in re publica exercitatorum

Decir que las democracias europeas, y particularmente en España, se han degenerado hasta niveles dificiles de creer es como decir que la historia se repite y amenaza con que las naciones de Europa caigan, de nuevo, en manos de regímenes autoritarios.

El poder ha caido en manos de políticos mediocres aparentemente más interesados en satisfacer sus aspiraciones personales e imponer, más que soluciones prácticas orientadas al bien común, el armazón ideológico y utópico de la formación política a la que representan..

Desde la época de la transición en la que España transitó desde un sistema autoritario a uno plenamente democrático, sin violencia, de la ley a la ley, aparentemente no ha hecho otra cosa sino corromper las esperanzas que se pudieron generar por aquel entonces a una realidad diría que bastante siniestra, como la que actualmente vivimos.

No parece que se haya conseguido con nuestro actual sistema democrático otra cosa más que balcanizar de facto a España. Un sistema bipartidista que se ha ido alternando en el poder apoyado por partidos nacionalistas sin ningún interés por el proyecto nacional de España, al contrario, mucho más interesadoes en trabajar en sus propios localismos autonómicos.

Nuestro país no es un país rico y de ninguna forma puede mantener diecisiete autonomías, ni mucho menos el enorme número de políticos, asesores y demás medrantes con unos privilegios dificiles de comprender.

Esta realidad junto a la cada vez más perentorias necesidades de la población acosadas por el desempleo pueden conducir a situaciones explosivas de desordenes, así como caer en manos de populismos -ya sea progresistas o conservadores- que radicalicen aún más a la sociedad.

La política en España ha disfrutado, desde hace más de cuarenta años, de una sensación de impunidad, de ausencia de responsabilidad a la hora de hacer uso de los recursos públicos. No faltan ejemplos de ello. Y la sociedad española, sumisa, lo ha aceptado prácticamente sin inmutarse, al contrario, contribuyendo a que muchos aspirantes a administradores públicos -no todos afortunadamente- encuentren en el ejercicio de la política un peldaño hacia su propio enriquecimiento personal, apenas sin contar con méritos personales o una preparación adecuada.

En éste efecto llamada, la democracia parece adormecida sin ánimo alguno por defenderse de ésta feroz agresión.

Para pagar esta partitocracia, los impuestos que nos están imponiendo -para poder pagar todo éste despilfarro- se incrementan año a año, dificultando la supervivencia del tejido productivo o empresarial del país, por no hablar de los ciudadanos. Con estas negras perspectivas, aún no parece que vaya a haber una contundente reacción social.

Visto que las democracias -particularmente la española- no son capaces de auto defenderse de todas éstas agresiones, prefiriendo, por lo visto, permanecer encadenados a principios ideológicos enfrentados unos con otros.

El panorama se adivina bastante pesimista. Sólo una reacción firme de la sociedad contra este sistema puede reconducir la situación hacia un futuro medianamente más prospero. Pero se me antoja que, por desgracia, no acabaremos en este esperanzador horizonte sino, al contrario,  en otro mucho más lúgubre.

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