Paseando una mañana por El Puerto, observé que en la pasarela peatonal que cruza el río Guadalete había colocados en algunos barrotes de la barandilla racimos de viejos y oxidados candados. Algo que no vi durante hasta ahora en ninguna parte o, al menos, no captó mi atención. Me pregunté si había alguna razón para que alguien decidiera abandonarlos en ese lugar.

Bueno pues, tras una breve investigación en Internet, encontré la respuesta. Se trata de una tradición que hunde sus raíces en aquellos años previos a la Gran Guerra en Europa. La historia se desarrolla en un pequeño pueblecito balneario.

Una maestra de escuela llamada Nada se enamoró de un oficial serbio cuyo nombre era Reija. Ambos llegaron incluso a comprometerse. Sin embargo, el destino interrumpió su relación obligándolos a separarse. El oficial fue llamado para ir a la guerra en Grecia. Allí acabó enamorándose de otra mujer rompiendo, en consecuencia su compromiso con Nada. Es algo que ella jamás pudo superar.

En algunas grandes ciudades del mundo hay puentes en donde se aglomeran cientos de estos candados: En Paris en Pont des Arts, Puente de Brooklyn en Nueva York, Ponte Vecchio en Florencia o Puente Hohenzollern en Colonia, por citar algunos de los ejemplos más conocidos

Dado que las jóvenes mujeres de aquel pueblecito querían proteger sus propios amores y que no les ocurriera lo mismo, decidieron escribir el nombre de sus amados en un candado y colocarlo en el puente en donde Nada y Reija solían encontrarse. Desde entonces, fue conocido como puente Ljubavi.

Esta costumbre parece ser, ha comenzado a extenderse por Europa recientemente. Imagino que quien puso estos candados en el puente sobre el río Guadalete ya conocía esta historia y su motivación no fue otra que la de un símbolo de su intención de mantenerse unida junto a su persona amada por siempre.

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