Triunfo de la mediocridad

Triunfo de la mediocridad

Recuerdo en mis épocas de estudiante, que se hacía referencia no sin cierto aire de desprecio a la figura de los penenes -profesor no numerario- como la figura protagonista durante gran parte, si no toda, de la transición a la democrática allá por la década de los años 70 en España. Superando aquella etapa de la historia de España que transitó de un régimen autoritario a otro de libertades con relativo éxito, parece que ésta simple anécdota del desembarco en las más altas responsabilidades de estado a personas que no han demostrado una acreditada experiencia no solo en su formación, también en su desempeño profesional durante un periodo suficientemente extenso, se ha visto reemplazada por una generación que lejos de poder considerarlos expertos en el área de poder que pretenden ocupar, son patéticas figuras rodeada por una corte de asesores.

Este triunfo de la mediocridad en España alcanzó cotas dificilmente imaginables bajo la presidencia de Zapatero. Nadie podía imaginar nada peor pero, al paso de los años, el actual gobierno presidido por Sánchez promete alcanzar nuevas cotas de subrrealismo. En su ejecutivo en el que se han creado ministerios desconocidos en cualquier otra nación avanzada de Europa o del mundo cuyo fin no es otro que implementar políticas profundamente ideológicas y apartadas de cualquier fin práctico imaginable, se han puesto al frente de ellas personajes propios de la más chabacano género de la astracanada.

Las consecuencias que éste paulatino incremento de la mediocridad de los cargos públicos han sido catastróficas para nuestro páis. De un espíritu por el servicio público que pudo tener el cargo político antaño, se ha convertido en un servicio para el propio representante político y para los intereses particulares de la formación a la que representa. El estado se ha convertido en el mayor gestor de empleo, proporcionando ocupación a toda clase de medrantes cuya única habilidad ha sido la de crearse una marca personal que proyecta la imagen que, de echo, está muy alejada de lo que realmente es.

Esta nueva élite ha corrompido prácticamente todo en lo que han puesto sus manos. Prácticamente ha destruido la economía de España. Áreas tan vitales para la nación como el sistema educativo ha quedado a niveles de paises tercermundistas, primando el adoctrinamiento sobre cualquier otro fin. La subvención se ha convertido en santo y seña de muchos españoles que han crecido aprendiendo en que cualquier esfuerzo por mejorar e innovar es inútil, siendo mucho más atractivo vivir sin trabajar subsistiendo con sueldos de miseria. En éste panorama parece dificil que el país tenga el más minimo interés por progresar.

El daño que ésta inercia va a causar a España después de más de cuarenta años de democracia va a ser dificil de superar. La imagen del país en el exterior ha quedado completamente destruida y costará mucho restaurarla a los niveles de prestigio que una vez tuvo -si es que alguna vez se consigue hacerlo-. España ha quedado lastrada no sólo por el modelo autonómico, de la carga del excesivo número de políticos y asesores de toda indole que viven a costa de una clase media cada vez más excasa. Si pretendemos volver a situarnos entre los paises avanzados del mundo, este modelo de estado deberá ser revisado.

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