Caminar por El Puerto de Santa María es transitar por un museo al aire libre donde cada piedra y cada esquina susurran relatos de un pasado glorioso. Sin embargo, a menudo, la historia más fascinante no se encuentra en las cúpulas de las iglesias ni en los escudos nobiliarios, sino a ras de suelo, disimulada bajo capas de pintura y óxido. Un ejemplo paradigmático de este patrimonio silencioso se encuentra en la calle Valdés, donde extrañas estructuras cilíndricas de hierro montan guardia en las esquinas de los edificios.
A primera vista, el paseante distraído podría confundirlos con simples bolardos o protecciones urbanas instaladas sin mayor pretensión estética. Sin embargo, una observación detenida revela su verdadera naturaleza: son cañones de marina, antiguas piezas de artillería que, tras servir en buques de guerra o en las defensas costeras de la Bahía de Cádiz, encontraron una segunda vida en tierra firme. Estos elementos, conocidos técnicamente como guardacantones, no son meros adornos, sino la respuesta ingeniosa de una ciudad comercial a un problema logístico de los siglos XVII y XVIII, y constituyen hoy un vestigio tangible de la vinculación indisoluble entre El Puerto y la Real Armada.
La necesidad urbana: proteger la piedra ostionera
Para comprender la presencia de estos cañones en la calle Valdés, debemos remontarnos a la época en que El Puerto de Santa María era sede de la Capitanía General de la Mar Océana y hogar de los Cargadores a Indias. La arquitectura local, caracterizada por el uso de la piedra ostionera (una roca sedimentaria muy porosa y relativamente frágil, formada por restos de conchas marinas), se enfrentaba a un enemigo formidable: el tráfico rodado.
En los siglos XVII y XVIII, las calles no estaban asfaltadas y el tránsito de carruajes, calesas y, sobre todo, pesados carros de transporte de mercancías y botas de vino era incesante. Las calles del casco histórico, a menudo estrechas y sinuosas, obligaban a los conductores a realizar maniobras muy ajustadas en los giros. Era habitual que los bujes de hierro de las ruedas (el eje que sobresale del centro) chocaran contra las esquinas de los edificios al girar, desmoronando la piedra ostionera y comprometiendo la integridad estructural de las fachadas y los cimientos de las casas palacio y bodegas.
Surgió así la necesidad imperiosa de instalar protecciones en los cantones (esquinas). Aunque inicialmente se utilizaron esquinales de piedra más dura o piezas de madera, estas soluciones resultaban efímeras ante el desgaste continuo. La solución definitiva vendría, irónicamente, de la industria de la guerra.
El reciclaje naval: de la cubierta del barco a la esquina
La Bahía de Cádiz, con el Arsenal de la Carraca y la intensa actividad naval, era un punto de acumulación de material militar. Los cañones de hierro fundido tenían una vida útil limitada. Podían quedar obsoletos por los avances tecnológicos, sufrir grietas por la fatiga del metal tras múltiples disparos, o presentar defectos de fundición que los hacían peligrosos para su uso en combate. Además, tras el desguace de buques antiguos, el destino de estas toneladas de hierro era un problema logístico.
Fundir de nuevo estos cañones para aprovechar el metal era un proceso costoso y tecnológicamente complejo en aquella época. Por ello, la Corona y la Marina optaron por una solución práctica: vender estas piezas inservibles a precio de saldo o subastarlas como chatarra. Fue aquí donde la burguesía mercantil de El Puerto vio una oportunidad. Estos cañones, por su dureza extrema y su forma cilíndrica, eran los candidatos perfectos para actuar como guardacantones.
Al ser de hierro macizo, eran prácticamente indestructibles frente al choque de una rueda de madera y hierro. Su forma redondeada hacía que el eje del carro «resbalara» o rebotara sin causar daño, protegiendo así la valiosa esquina del edificio. Se instalaban enterrando la culata (la parte trasera) profundamente en el suelo y dejando la boca de fuego hacia arriba, a veces rellenada con una bala de cañón o cemento para evitar que se convirtiera en un basurero.
La calle Valdés: un eje estratégico del vino y el comercio
La ubicación de estos guardacantones en la calle Valdés no es casual. Esta vía ha sido históricamente un eje neurálgico en la conexión entre el centro urbano, las zonas de producción vinícola y las salidas hacia otras localidades. La presencia de bodegas históricas en el entorno, como las antiguas instalaciones que hoy conforman el paisaje urbano de la zona, implicaba un tráfico constante de carros cargados con botas de vino.
El peso de estos transportes hacía que la inercia en las curvas fuera considerable, aumentando el riesgo de impactos contra las fachadas. Los propietarios de estas bodegas y casas señoriales, poseedores del capital necesario, adquirían estas piezas de artillería para blindar sus propiedades. En la imagen que nos ocupa, se puede apreciar cómo el cañón se integra en la esquina, protegiendo los sillares de piedra.
Es interesante notar la morfología de la pieza: se trata de un cañón de avancarga, probablemente del siglo XVIII. Aún se pueden intuir, a pesar de las capas de pintura y el desgaste, los anillos de refuerzo del tubo. En muchos de estos ejemplares repartidos por El Puerto, todavía son visibles los muñones, los salientes cilíndricos laterales que servían para apoyar el cañón en su cureña (el carro de madera con ruedas usado en los barcos). Que conserven los muñones indica que fueron colocados tal cual, sin un proceso de mecanizado previo para adaptarlos a su nueva función civil.
Un patrimonio que merece ser contado
Hoy en día, estos guardacantones son mucho más que mobiliario urbano; son documentos históricos tridimensionales. Nos hablan de una época en la que El Puerto de Santa María miraba al Atlántico, de la economía circular avant la lettre (el reciclaje de material bélico para uso civil) y de la importancia de la industria vinícola que moldeó el urbanismo de la ciudad.
Mientras que en otras ciudades europeas este tipo de elementos ha ido desapareciendo con la modernización de las aceras y el ensanchamiento de las vías, en El Puerto y en Cádiz capital se ha conservado una colección envidiable. Sin embargo, su posición a ras de suelo y su integración cotidiana en el paisaje hacen que a menudo pasen desapercibidos o sufran el deterioro por orines de perros y golpes de vehículos modernos.
Reconocerlos, fotografiarlos y difundir su origen es el primer paso para su conservación. La próxima vez que paseen por la calle Valdés, les invito a detenerse un segundo ante esta esquina. No están viendo un simple poste de hierro; están ante un veterano de guerra que, tras surcar los océanos y defender el imperio, ha pasado sus últimos tres siglos protegiendo, en silencio y con estoicismo, la arquitectura de nuestra ciudad.



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