bodega caballero
bodega caballero

Quien camina por la calle San Francisco, en pleno casco histórico de El Puerto de Santa María, se topa con una escena muy portuense. A un lado, la vida parroquial. Al otro, la “catedral del vino” en versión urbana. Las Bodegas Caballero levantan aquí un frente discreto. Y, a la vez, inconfundible. La clave está en su portada. Funciona como umbral. Y también como declaración de identidad.

Un origen con varias capas: empresa, ciudad y arquitectura

Conviene separar dos historias que se cruzan.

La primera historia pertenece a la empresa. El planeamiento municipal recoge el dato fundacional: José Cabaleiro Do Lago creó la firma en 1830. La empresa trabajó al inicio con madera de roble y viñedos, y contó con destilería propia. Más tarde, la casa principal se trasladó a El Puerto de Santa María.

La segunda historia pertenece al edificio. Este conjunto de bodegas, entre San Francisco, Pozuelo (hoy Federico Rubio) y Cruces, no nació con Caballero. Nació como arquitectura bodeguera decimonónica. Manuel Domecq Víctor levantó la primera bodega del complejo en 1845. Su proyecto definió naves, patios y el pozo medianero.
Domecq Víctor levantó otra bodega en 1849. Ese casco desapareció con el tiempo. El solar terminó albergando jardines y oficinas.

De Retortillo a Caballero: el cambio de manos

El recinto pasó por varios propietarios y por varias etapas productivas. Un certificado registral que cita BETILO explica una cadena de compraventas. Joaquín Retortillo Imbrechtz reunió las bodegas. Joaquín Febres Artigas compró en 1872 una parte principal del conjunto.
Ya en el siglo XX, Luis Caballero compró la bodega y otras propiedades inmobiliarias en 1939, a José de la Cuesta Aldaz.

Esa fecha resulta clave. A partir de ahí, el recinto entra en la órbita Caballero. Y la calle San Francisco gana una pieza bodeguera de primer orden, pegada al circuito monumental del centro.

Qué ocurre hoy dentro: crianza, almacén y “sacristía”

Este conjunto no funciona como una sola nave, sino como un pequeño “barrio” bodeguero con nombres propios.

  • Bodega El Drago. El drago centenario da nombre a uno de los cascos. Aquí viven soleras de vinos en crianza biológica. De esas soleras salen finos como Fino Pavón y Puerto Fino.
  • Los Almizcates. El antiguo patio trabajadero, hoy cubierto, forma esta bodega. El espacio aparece “vacío en su mayor parte”, pero mantiene una pieza con mucha carga simbólica: la Sacristía, donde la empresa guarda sus vinos viejos.
  • Bodega San Francisco. Aquí llega el matiz que interesa a quien mira desde la parroquia. Según BETILO, este casco funciona hoy como almacén.
  • Milenario y La Banderilla. Estas bodegas se vinculan a soleras de brandy. Milenario aparece dedicada a la elaboración y envejecimiento del destilado. La Banderilla une brandy y relato popular, con la anécdota taurina como marca de la casa.

El resultado se entiende bien con una idea sencilla: el recinto combina espacios de crianza, espacios de guarda “noble” y espacios logísticos.

Qué vinos elabora Bodegas Caballero: el fino del Puerto y el Jerez del marco

Si bajamos a lo concreto, Caballero identifica Fino Pavón como “el fino del Puerto”, criado y envejecido en El Puerto de Santa María, con D.O. Jerez y perfil seco.
En paralelo, la firma comercializa finos como La Ina, con crianza bajo velo de flor mediante el sistema de solera y criaderas, también bajo D.O. Jerez.

Y, si ampliamos el foco, el catálogo online del grupo clasifica sus “vinos de Jerez” por estilos tradicionales: fino, amontillado, oloroso, palo cortado, Pedro Ximénez, moscatel, entre otros.

Esta diversidad encaja con otro dato institucional: en 1990, la empresa Emilio Lustau S.A. se integró en la compañía familiar Luis Caballero S.A.
Dicho de otro modo: el grupo opera con una cartera amplia. Y el recinto de San Francisco se inserta en ese sistema como espacio histórico de crianza y guarda, con nombres que el propio lugar ha fijado.

La portada frente a San Francisco: piedra, heráldica y un año que lo resume todo

La portada que mira hacia la iglesia concentra el mensaje.

BETILO la describe como una gran puerta encalada, de “aire neobarroco”, con columnas de piedra y un frontón que exhibe racimos de uva, el escudo de Caballero y la inscripción “AÑO 1830”.

Esa composición no busca solo cerrar un recinto. Busca contar una historia en dos segundos. La uva declara el oficio. El escudo marca propiedad y continuidad. Y el “1830” funciona como cifra-emblema: no fecha la nave, sino la identidad corporativa que la ocupa. El conjunto, además, crea un diálogo urbano muy potente: fachada religiosa enfrente, fachada del vino al lado. Dos patrimonios distintos. Una misma calle.

La actualidad del recinto: entre patrimonio, visitas y nuevos usos

Hoy, Caballero ocupa un lugar estable en la oferta enoturística local. La web municipal de turismo vincula el grupo a la visita guiada del Castillo de San Marcos con degustación y bodega anexa, y señala la proyección internacional de la firma.
El portal municipal también ofrece información práctica de visitas para “Bodegas Caballero”, con atención mediante reserva.

Y el recinto no solo vive de botas y visitas. Los jardines del complejo han acogido programación cultural reciente, con eventos anunciados por el propio Ayuntamiento.

En paralelo, BETILO recoge un punto relevante para el futuro urbano: el PEPRICHYE asigna a este conjunto un nivel de protección estructural y proyecta usos terciarios (comercio) para algunas bodegas, además de equipamiento de proximidad en otra pieza del conjunto.

La lectura final resulta clara. Estas bodegas sostienen una actividad real. Mantienen memoria material. Y afrontan, como tantos recintos bodegueros históricos, la tensión entre conservación, uso económico y reprogramación cultural. En la calle San Francisco, esa tensión se ve a simple vista. La portada la resume. Y la ciudad la discute cada día, andando.

Bodegas Caballero
Bodegas Caballero
fachada lateral de las bodegas
fachada lateral de las bodegas

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