teatro con alma de cuartel
teatro con alma de cuartel

La fachada del Teatro Municipal Pedro Muñoz Seca, situado en la emblemática Plaza del Polvorista de El Puerto de Santa María, es mucho más que el envoltorio de un espacio escénico contemporáneo; es un palimpsesto donde se lee la historia militar y social de la ciudad. El elemento más singular que rompe la sobriedad ruda de sus muros es, sin duda, la hornacina situada en uno de sus paramentos. Este nicho no es un añadido ornamental reciente, sino un testigo heredado del antiguo Cuartel de Caballería del siglo XVIII sobre el que se asienta el teatro. Hablaré, en esta ocasión, del teatro con alma de cuartel y su hornacina con la imagen de la patrona.

El edificio original, construido entre 1763 y 1766 bajo la dirección de José de Olivera, formaba parte de un ambicioso complejo militar que incluía almacenes de la Flota de Galeras y alojamientos para regimientos de élite, como el histórico Regimiento de Caballería «Montesa». La hornacina fue concebida dentro de la estética del barroco tardío con tintes neoclásicos, propia de la arquitectura borbónica. Su función era doble: por un lado, sacralizar el espacio público y militar, otorgando una protección divina a la tropa; por otro, servir de hito devocional para los ciudadanos que transitaban por la plaza. Durante la rehabilitación integral llevada a cabo por Daroca Arquitectos en 2007, se tomó la decisión consciente de conservar este elemento como un puente visual entre el pasado castrense y el presente cultural del inmueble.

La iconografía de la Patrona: entre la devoción y el patrimonio

En el interior de este nicho se halla una representación en piedra de la Virgen de los Milagros, patrona de El Puerto de Santa María. La imagen esculpida sigue los cánones tradicionales de la iconografía local: una figura estilizadamente triangular que evoca las ricas vestiduras y la saya de plata con la que se engalana a la talla original en la Iglesia Mayor Prioral. La presencia de la Virgen en este emplazamiento no es casual, pues la advocación de «Los Milagros» está intrínsecamente ligada a la identidad portuense desde la época de Alfonso X «El Sabio», quien ya cantaba sus prodigios en las célebres Cantigas.

La hornacina presenta un diseño arquitectónico elegante, con un arco de medio punto flanqueado por pilastras y rematado por una cornisa que la protege de las inclemencias del tiempo. A pesar de la erosión propia de la piedra ostionera —tan característica de la Bahía de Cádiz— y el paso de los siglos, la figura mantiene su dignidad jerática. Es un ejemplo perfecto de cómo las imágenes protectoras, o palladia, se integraban en los edificios civiles y militares de la Edad Moderna. Al observar la talla, se aprecia la delicadeza con la que el escultor anónimo del XVIII intentó replicar la majestad de la Patrona, convirtiéndola en un símbolo de vigilancia espiritual sobre la Plaza del Polvorista, escenario de paradas militares en el pasado y de encuentros ciudadanos en la actualidad.

Resiliencia histórica y diálogo arquitectónico

La supervivencia de la hornacina frente a las transformaciones urbanísticas del siglo XX es un caso notable de resiliencia patrimonial. Mientras que la mitad norte del antiguo cuartel se perdió bajo la piqueta durante el desarrollismo de los años setenta para dar paso a bloques de viviendas, la mitad sur fue rescatada gracias a su conversión en teatro. En este proceso de metamorfosis, la hornacina ha pasado de presidir un recinto de armas a dar la bienvenida a los amantes de las artes escénicas. La semántica del objeto ha cambiado: ya no representa solo la fe de un regimiento, sino el respeto de una ciudad por sus huellas históricas.

Desde el punto de vista estético, la hornacina crea un contraste fascinante con las líneas limpias y los materiales modernos de la intervención de principios del siglo XXI. El diálogo entre la piedra antigua y los nuevos volúmenes del teatro subraya la importancia de la memoria urbana. Para el visitante que se detiene ante el Teatro Pedro Muñoz Seca, este pequeño altar empotrado en el muro ofrece una lección de continuidad. Es un recordatorio de que bajo las luces del escenario y las representaciones de las obras de Muñoz Seca, subyace el eco de una ciudad que siempre ha buscado en sus muros, ya sean de cuarteles o de teatros, un reflejo de su propia historia y devoción.

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