Quien entra en el Mercado de Abastos de la Concepción entra, también, en un pequeño archivo emocional de El Puerto de Santa María. Los puestos cambian. Las reformas van y vienen. El bullicio se adapta a cada época. Pero, en uno de sus corredores, una capilla mínima sostiene una devoción constante, un altar entre puestos. La preside un gran lienzo de la Inmaculada Concepción. Y alrededor de esa imagen se hilvanan siglos de historia local, oficio, memoria y orgullo popular.
Un origen práctico, una intención clara: conservar un “retablo” de la ciudad
La capilla del mercado no nació como un capricho ornamental. Nació para dar continuidad a una tradición de culto vinculada al abastecimiento urbano. Las fuentes recogidas por Gente del Puerto explican que el lienzo de la Inmaculada perteneció primero a la antigua carnicería de la ciudad. Allí ocupó un retablo sobre la puerta. Cuando el municipio levantó un nuevo mercado y transformó el entorno, la ciudad reservó un arco inmediato a una de las entradas. Cerró ese arco. Y lo convirtió en capilla. Después colocó la pintura en un retablo neoclásico, como recuerdo de una antigua cofradía relacionada con las berceras.
Esa decisión revela una idea muy concreta de patrimonio. El Puerto no separó lo cotidiano de lo sagrado. Integró la imagen mariana en el lugar donde la gente compraba, hablaba, trabajaba y negociaba. En “La Plaza” se vendía alimento. En la capilla se buscaba amparo.
El mercado como marco histórico: 1874 y la nueva ciudad higienista
Para entender la capilla conviene mirar el edificio que la cobija. La Concejalía de Turismo sitúa la construcción de la actual Plaza de Abastos en 1874. El Ayuntamiento respondió así a la normativa y al impulso de la época, que exigía control de calidad, higiene y pesos en la venta de alimentos. La misma fuente recuerda la polémica del material empleado, procedente del derribo del Convento e Iglesia de los Descalzos, en el entorno de la actual Plaza de Isaac Peral.
Este contexto explica el encaje de la capilla. El mercado nuevo representaba modernidad municipal. La capilla aportaba continuidad simbólica. En un edificio pensado para la salubridad y el control, la ciudad guardó un espacio para la tradición.
El lienzo: una Inmaculada del siglo XVIII con ecos de Murillo
El corazón patrimonial de la capilla lo ocupa el lienzo. Gente del Puerto cita un trabajo de Hipólito Sancho (publicado en 1954) que aporta datos esenciales. Sitúa la obra en mediados del siglo XVIII. Describe una Inmaculada rodeada de ángeles, apoyada sobre una bandera con el escudo franciscano de las cinco llagas. Añade un detalle singular: a la izquierda aparece un religioso arrodillado con una corona en las manos.
La lectura iconográfica conecta la pintura con el ámbito franciscano local. El texto identifica al fraile como Fray Felipe Moreno, ligado al convento que existió en el entorno de San Francisco. Fray Felipe impulsó una cofradía llamada de la Corona de la Concepción. Organizó, además, una procesión del rosario de la Purísima desde ese convento. Y alrededor de esa iniciativa se articuló un mecenazgo devoto, que costeó el lienzo y lo donó.
En lo artístico, la misma fuente recoge la valoración de Sancho de Sopranis. Reconoce una inspiración muy cercana en Murillo, con una simplificación de la “gloria” de ángeles. Subraya, aun así, el interés histórico del cuadro por el dato franciscano que incorpora.
Betilo, en su ficha patrimonial del mercado, coincide en el punto clave para el visitante de hoy: el mercado conserva en su interior una capilla con un cuadro de la Inmaculada, inspirado en Murillo y de gran formato, situado en uno de los corredores.
¿Quién pintó la Inmaculada? Una atribución razonada, no una certeza
La pregunta aparece de forma inevitable: ¿quién pintó el lienzo? Aquí conviene cuidar el rigor. El propio texto advierte que la obra no lleva firma. Por eso, Hipólito Sancho formula una hipótesis. Propone como posible autor a Fray José Cordero, lego franciscano nacido en El Puerto en 1717, conocido por su actividad artesanal y por manejar también los pinceles.
La capilla, por tanto, guarda una obra con atribución probable, no cerrada. Esa incertidumbre forma parte de su atractivo patrimonial. La pieza no funciona como “cuadro de museo” con ficha definitiva. Funciona como objeto vivo, con memoria documentada y flecos aún por atar.
La capilla como lugar de cuidado: camareras, llaves y una historia contemporánea
Las capillas urbanas suelen sobrevivir gracias a una red de cuidados discretos. En El Puerto ese cuidado también deja rastro escrito. Gente del Puerto relata la vinculación de la familia González Portilla con la custodia del lienzo y la capilla, con un fuerte componente sentimental para familias portuenses “de toda la vida”. El texto menciona la retirada de la guarda a Dolores González tras décadas de dedicación, y sitúa un episodio concreto alrededor de la restauración de las puertas de la capilla y la devolución (no realizada) de unas llaves entregadas al Ayuntamiento.
En el comentario añadido a esa misma entrada aparece otro dato relevante para la historia material del lienzo: la familia encargó en su día la restauración del cuadro al pintor-escultor Juan Botaro. El testimonio también indica que la restauración se financió con aportaciones ciudadanas a través del “cepillo” de la capilla y con aportaciones destacadas de esa familia.
Estos elementos construyen una anécdota mayor, que va más allá de una polémica puntual. La capilla no depende solo de muros y barnices. Depende de responsabilidades asumidas por personas concretas. Y cuando ese tejido se rompe, el patrimonio sufre.
Función actual: devoción dentro del mercado y una tradición con fecha fija
La capilla no actúa como un resto congelado. Mantiene uso devocional y ceremonial. El propio Ayuntamiento documenta una costumbre: el mercado celebra el día de su patrona, la Inmaculada Concepción. Los actos incluyen una misa en la capilla del mercado, dentro de una jornada de convivencia organizada por la asociación de comerciantes.
Este detalle resulta importante para quien mira el patrimonio con lentes actuales. La capilla no se limita a “estar”. La comunidad la activa en fechas señaladas. Y esa activación sostiene su sentido.
Estado actual: una pieza frágil, un patrimonio que exige continuidad
Las fuentes consultadas coinciden en lo esencial: la capilla sigue en el interior del mercado y conserva su lienzo como elemento central. En paralelo, los testimonios publicados hablan de restauraciones (puertas, lienzo) y de la necesidad de tratar la conservación como una tarea continuada, no como un gesto esporádico.
La capilla del mercado resume, en pocos metros cuadrados, una lección patrimonial útil. El Puerto levantó un mercado moderno en el siglo XIX para ordenar el abastecimiento. Y, dentro de ese espacio, protegió una imagen anterior y un relato ligado a la ciudad, a la tradición franciscana y a los oficios de la alimentación. Esa mezcla explica por qué la capilla emociona. No pide silencio de museo. Pide respeto de barrio.
Qué ver hoy (y cómo mirarlo)
Si la visitas, no busques grandilocuencia. Busca detalle. Mira el formato del lienzo. Observa la composición. Repara en el religioso arrodillado que acompaña a la Inmaculada, porque ese personaje ancla la obra en una historia local concreta. Luego mira el contexto: un mercado vivo, con su conversación diaria, que aún reserva un hueco para la imagen que le da nombre.
Ahí reside el valor real de esta capilla. No compite con las grandes iglesias de la ciudad. Hace otra cosa. Mantiene, en pleno circuito de compra, un recordatorio íntimo de identidad portuense. Y lo hace desde hace generaciones.


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