barquitas del río Guadalete
barquitas del río Guadalete

El sol se hundía tras los edificios y dejaba el cielo en oro viejo y naranja. El río corría manso, como si respirara. En un rincón del muelle urbano, una barca envejecida se balanceaba a la deriva, sujeta apenas por cuerdas rotas. La madera, agrietada por sol y lluvia, contaba años de abandono. Muchos pasaban de largo; pocos se asomaban a su historia, a los relatos de un río.

Emilio, el pescador que todavía escucha al río

Para Emilio, el río no era un paisaje. Era una voz. La conocía desde niño: el rumor de la corriente cuando baja cargada, el golpe áspero del agua contra los pilotes, el olor a limo y metal cuando el muelle despierta. Anciano ya, seguía leyendo el cauce como otros leen un mapa. Sabía cuándo vendría la bruma por la temperatura del aire y podía adivinar la hora por el brillo del agua en las esquinas de los edificios.

Cada tarde repetía el mismo gesto. Revisaba la red, palpaba los nudos, ajustaba el cabo. Guardaba una libreta con mareas y notas breves: “corriente tirando al este”, “viento del puente”, “bagre hondo”. Sus manos, curtidas y seguras, reconocían a ciegas la cuerda buena de la que pide relevo. No necesitaba reloj. El río marcaba el ritmo con una cadencia que solo él escuchaba.

Por eso la barca abandonada no le parecía un estorbo. Le parecía una pregunta. No brillaba, no invitaba. Resistía. La madera rajada mostraba su historia en capas: sol, lluvia, golpes, espera. Emilio se acercó sin prisa, como quien entra en una conversación que lleva tiempo empezada. Tocó la borda y la aspereza le devolvió un eco de recuerdos: amaneceres compartidos, discusiones viejas, silencios que pesan.

En ese contacto supo que no bastaba con pasar de largo. Había algo ahí que el río le venía diciendo hacía días y él, por respeto o por miedo, callaba. Inspiró hondo, dejó la red a un lado y se permitió una certeza simple: si el río habla, se le escucha. Entonces cruzó el muelle y, con la atención que reserva a lo importante, decidió mirar la barca por dentro.

La pista olvidada: un diario bajo la cubierta

Empujó la tapa de la cubierta y un aire húmedo, con olor a sal y madera vieja, le salió al encuentro. A tientas, entre cabos enredados y una boya sin vida, sus dedos toparon con un volumen encuadernado en lona: un diario de a bordo olvidado. La tela estaba jaspeada por la humedad, las esquinas comidas, el lomo vencido. Al abrirlo, crujieron las bisagras y se alzó un leve polvillo de río.

Dentro, la letra inclinada corría como corriente mansa. Había fechas, mareas, derroteros, dibujos de nudos y pequeñas cartas de viento. Entre las páginas, Emilio encontró hojas de junco prensadas y un recibo descolorido de una lonja remota. Los primeros pasajes hablaban de jornadas abundantes, risas en el muelle y noches claras “con el Norte limpio”. Más adelante, la tinta se hacía áspera: notas secas sobre disputas por caladeros, silencios de varios días, una anotación cortante —“no volveré por ahora”.

Emilio leyó despacio, como quien rema contra la orilla. Cada entrada encajaba con una grieta del casco; cada nombre antiguo abría una puerta que él había cerrado. Entendió que la barca guardaba no solo memoria, sino un aviso: las rutas compartidas se pierden cuando se deja de mirar juntos el mismo horizonte. Cerró el cuaderno con respeto. Ya tenía una pista y, con ella, un destino.

El nombre que duele: Alejandro, amigo y rival

El trazo inclinado del diario dejó, de pronto, un nombre que le golpeó el pecho: Alejandro. No era un desconocido; era la risa en las madrugadas de escarcha, el café compartido en un vaso de lata, el compañero que le enseñó a leer remolinos y a “escuchar” los cambios de corriente. Durante años navegaron como si el río les hubiera dado la misma brújula.

Luego llegaron los derechos de pesca, los límites difusos de los caladeros, las temporadas escasas. Una conversación subió de tono, una oferta mal entendida, un silencio que se hizo hábito. La confianza se fue astillando como madera sin barniz. Nadie fue del todo culpable; ambos se defendieron como pudieron de un tiempo hosco. Y una mañana, Alejandro dejó de aparecer en el muelle. Quedó apenas un rumor de traslado, una despedida sin testigos y esa barca encallada en un rincón que nadie atendía.

Las páginas del cuaderno, con su mezcla de rutas y enfados, no señalaban villanos. Mostraban dos hombres heridos por lo mismo: el miedo a perder el sustento y la voz del río. Al leerlas, Emilio sintió que se abría una compuerta vieja. Comprendió que restaurar la barca sería también enmendar lo torcido: reconocer lo compartido antes que la disputa, recordar que la amistad no se mide por la última pelea, sino por la cantidad de veces que uno vuelve a buscar al otro.

La decisión: restaurar para recordar (y reparar)

Emilio cerró el diario y entendió lo esencial: no bastaba con saber la historia; había que hacer algo con ella. Decidió restaurar la barca, no por capricho, sino como un acto de memoria y de enmienda. Haría del casco un puente y de cada tabla nueva, una disculpa.

Trazó un plan sencillo. Listó tareas en su libreta: “sustituir cuadernas blandas”, “calafatear costuras”, “lija fina”, “pintura marina mate”. Compró madera sostenible, masilla, estopa y un juego de puntas que no chirriara con el tiempo. Revisó herramienta por herramienta, como quien prepara un ritual. Antes de empezar, tocó la borda y murmuró: “Por ti, Alejandro”.

El diario guio decisiones. Donde la tinta hablaba de golpes de mar, reforzó el forro. Donde mencionaba sobrecarga, añadió baos. Reparó sin prisas, respetando la veta, cosiendo con paciencia las heridas del casco. Cada avance tenía un doble efecto: la barca recuperaba forma y el pasado, sentido.

Al caer la tarde, recogía virutas y anotaba cambios: “ruge menos el viento en proa”, “la obra viva ya no rezuma”. No buscaba dejarla impecable, sino habitable. Conservar marcas que contaran verdad y borrar solo lo que dolía de más. Cuando la última capa secó, supo que había restaurado algo más que madera: había aprendido a pedir perdón con las manos y a recordar sin rencor.

Trabajo de río: madera, lija y silencio

Durante varios días, Emilio se plantó en el muelle al amanecer. Cambió cuadernas, calafateó las juntas, saneó las zonas blandas. Lijó hasta que la veta volvió a respirar. Pintó con pincel corto y trazo firme. Entre capa y capa volvía al diario, como si cada línea trazada sobre la madera necesitara su eco en las páginas. El muelle, antes sordo, empezó a seguir el ritmo del martillo y a oler a madera viva.

La botadura: un renacer sin aplausos

Amanecía claro. El muelle olía a madera húmeda y hierro. Emilio llevó la barca hasta el borde por un varadero improvisado de tablones. Revisó por última vez los clavos, palpó las costuras calafateadas y, con un gesto lento, soltó la estacha. La quilla besó el agua. El río la sostuvo sin protestar.

No hubo público. Solo dos gaviotas curiosas y el golpeteo regular contra los pilotes. Emilio contuvo la respiración, atento a lo esencial: que no “hiciera agua”, que el casco respondiera, que el rumor de la obra viva sonara limpio. Todo encajó. Colocó, bajo la cubierta, el diario envuelto en lona. Después, con pintura sobria, recuperó un nombre en la amura: Alejandro.

Remó despacio, probando el equilibrio. La corriente la tomó con dulzura, como si reconociera la silueta. El timón obedeció a la primera. Cada metro ganado alejaba el muelle y acercaba una certeza: aquella botadura no era solo de madera; era su propio regreso.

Miró la ciudad al fondo, aún somnolienta. No necesitaba discursos. Bastó un minuto de silencio, una mano sobre la borda y un pensamiento breve: “Llegamos tarde, amigo, pero llegamos”. El río respondió con un brillo oblicuo en la superficie.

La barca avanzó sin prisa. Emilio sonrió por dentro. Comprendió que algunos renacimientos suceden así: sin aplausos, sin estridencias, con la dignidad de lo bien hecho y la paz de quien vuelve a empezar.

Lo que permanece: la amistad más allá del tiempo

El río no devolvió a Alejandro, pero le devolvió a Emilio la parte de sí que había escondido. Restaurar la barca no borró la disputa, pero deshizo su veneno. En cada tabla nueva se selló un pacto: recordar sin rencor, seguir sin olvidar. Desde entonces, cuando la tarde cae y el cielo se tiñe de cobre, los vecinos ven pasar la barca, y algunos, por fin, se detienen a mirar.

Epílogo: cómo se lee un río

Leer un río no es mirar el agua: es escuchar lo que cambia sin decirlo. Se aprende con paciencia. La piel toma la temperatura, el oído reconoce el golpe contra los pilotes, la nariz advierte el limo cuando bajan las mareas. La vista sigue dibujos en la superficie: remolinos que invitan, espumas que avisan, brillos que marcan la hora mejor para entrar o esperar.

También se lee por ausencias. El silencio de las aves, la cuerda que cruje distinto, la red que pesa menos. Quien sabe leer acepta que el cauce manda: corrige la deriva, evita los rápidos inútiles, rema cuando hay que remar y, cuando no, deja que la corriente trabaje.

Emilio lo aprendió de joven y lo olvidó un tiempo. La barca restaurada y el diario fueron su manual de regreso: mapa para volver a pronunciar el nombre de un amigo sin rencor. Entendió que el río enseña lo mismo que la vida: mirar juntos el horizonte, cuidar las costuras, pedir perdón a tiempo.

Desde entonces, al atardecer, su lectura es sencilla: una mano a la borda, otra al timón, y la certeza de que el agua devuelve lo que se cuida. La barca avanza sin prisa. El cauce, paciente, la lleva. Y en cada brazada, Emilio confirma la lección más honda: quien escucha al río, encuentra el camino de vuelta.

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