Hay edificios que explican una ciudad mejor que muchas placas conmemorativas. La Cooperativa San Amador de Martos pertenece a esa categoría. Su fachada, situada en la avenida Príncipe Felipe, en la salida hacia la Fuensanta, habla de aceite, de trabajo compartido y de una forma muy concreta de entender el olivar marteño.
No hablamos solo de una almazara. Hablamos de una institución económica y social. Desde 1960, San Amador ha acompañado a varias generaciones de olivareros. Ha recibido aceituna, molturado cosechas, almacenado aceite y vendido producto. También ha construido identidad. En Martos, el olivar no funciona como un decorado. Marca el paisaje, la economía y la memoria familiar.
El origen: una respuesta cooperativa para el pequeño olivarero
La Cooperativa Agrícola San Amador nació en 1960. Su creación respondió a una necesidad clara. Muchos pequeños y medianos olivareros necesitaban una estructura común para transformar su aceituna y defender mejor el valor de su trabajo.
Las fuentes consultadas no ofrecen una relación nominal de promotores. Por tanto, conviene hablar con precisión. La iniciativa partió del propio sector olivarero comarcal. La impulsaron agricultores que buscaron una salida colectiva para un problema común: molturar la aceituna, obtener aceite y organizar la comercialización desde una entidad propia.
El nombre de San Amador no resulta casual en Martos. Remite al santo patrón de la ciudad y conecta la cooperativa con una identidad local muy reconocible. La entidad no nació como una empresa ajena al territorio. Nació desde el territorio. Por eso ha conservado un peso simbólico que va más allá de sus cifras de producción.
Un edificio al servicio de la aceituna
El edificio de San Amador responde a una lógica industrial y agrícola. Su función principal consistía en servir como almazara. Allí llegaba la aceituna de los socios. En este lugar comenzaba el proceso de transformación. Allí el fruto del olivo pasaba de cosecha familiar a aceite cooperativo.
No he encontrado una fecha oficial de construcción del inmueble principal. Tampoco he localizado una explicación documental cerrada sobre el motivo exacto de su emplazamiento. Sí consta su localización en pleno casco urbano de Martos y su dirección en la avenida Príncipe Felipe. La elección encaja con una lógica práctica. La cooperativa debía quedar cerca de los productores, de las vías de entrada de la aceituna y del corazón económico del municipio.
El edificio ha cambiado con el tiempo. En sus primeras etapas, la almazara trabajó con sistemas tradicionales de prensado. Las fuentes hablan del uso de capachos confeccionados a mano en las propias instalaciones. Aquel modelo pertenecía a una cultura material del aceite que hoy casi forma parte del patrimonio etnográfico. El proceso exigía oficio, esfuerzo físico y conocimiento acumulado.
En 1994 llegó un cambio decisivo. La cooperativa incorporó el sistema ecológico continuo de dos fases. Aquella modernización transformó la recepción, la extracción y el almacenamiento del aceite. San Amador pasó de la tradición del prensado a una tecnología más acorde con las exigencias de calidad del aceite contemporáneo.
Qué hacía la cooperativa
San Amador cumplía varias funciones. La primera consistía en recibir la aceituna de sus socios. La segunda, molturarla. La tercera, extraer aceite de oliva virgen. La cuarta, conservarlo y almacenarlo en condiciones adecuadas. Con el tiempo, la cooperativa también reforzó el envasado y la comercialización.
Su papel no se limitaba a fabricar aceite. Una cooperativa agraria articula relaciones económicas. Da servicio al socio. Ordena la campaña. Facilita la salida comercial del producto. Permite que explotaciones pequeñas y medianas participen en un mercado que, de forma individual, les resultaría mucho más difícil.
Ese punto explica buena parte de su importancia histórica. San Amador ofreció una herramienta común en un territorio dominado por el olivar. En Martos, donde el aceite forma parte de la estructura económica local, una entidad de este tipo no actúa solo como fábrica. Actúa como centro de coordinación agrícola.
Producción y dimensión agrícola
Las cifras actuales ayudan a entender su peso. La cooperativa cuenta con 702 socios y una superficie de olivar de 2.888,17 hectáreas. Su producción media alcanza los 13.500.000 kilos de aceituna y unos 3.000.000 kilos de aceite.
Son datos que sitúan a San Amador dentro del mapa oleícola de Martos y de la provincia de Jaén. También muestran la escala de una cooperativa que nació para pequeños y medianos olivareros, pero que ha logrado consolidar una estructura importante.
La producción no puede entenderse sin el paisaje que la rodea. Martos presume desde hace décadas de una enorme extensión de olivar. Esa realidad ha convertido al municipio en uno de los grandes referentes del aceite de oliva. La cooperativa participa de ese protagonismo. Lo hace desde una posición muy concreta: la unión de productores locales.
Peña de Martos, Tuccioliva y Vitae Essentia
San Amador ha trabajado históricamente con aceite de oliva virgen extra. En sus primeros años, el protagonismo comercial lo tuvo el envasado tradicional bajo la marca Peña de Martos. Esa marca mantiene una relación directa con la imagen más reconocible de la ciudad: la Peña, el perfil rocoso que domina el paisaje urbano.
A partir de 2007, la cooperativa apostó por Tuccioliva. Con esta marca buscó una línea de mayor calidad y una presencia más destacada en concursos y paneles de cata. La elección del nombre también conecta con la antigua Tucci, la ciudad romana vinculada al territorio marteño. De nuevo, el aceite se une a la memoria local.
La cooperativa también ha trabajado la marca Vitae Essentia, asociada a un perfil de aceite de frutado intenso. Las descripciones comerciales destacan aromas de aceituna verde, notas herbáceas y matices vegetales. Este tipo de producto responde a una demanda más exigente. El consumidor ya no busca solo aceite. Busca origen, calidad, relato y diferenciación.
¿Producía algo más que aceite?
Aquí conviene ser riguroso. No he localizado en las fuentes oficiales consultadas una línea productiva diferente al aceite de oliva virgen extra. La tienda de la cooperativa muestra aceites y formatos de venta vinculados a sus marcas. También aparecen distintos envases, estuches y presentaciones. Pero no he encontrado acreditada la producción de otros alimentos o productos agrarios ajenos al aceite.
Sí puede afirmarse otra cosa. San Amador no solo produce aceite. Produce cultura oleícola. La cooperativa ha incorporado visitas, venta directa, recepción de visitantes y actividades de oleoturismo. Ese giro amplía su función. El aceite ya no sale únicamente hacia el mercado. También atrae visitantes hacia la almazara.
La casa del maestro molinero y el oleoturismo
Uno de los cambios más significativos de los últimos años ha sido la adaptación de la antigua casa del maestro molinero. La cooperativa la ha destinado a recepción de visitantes, venta de aceite y oficinas de atención al público. Esta intervención tiene valor práctico, pero también patrimonial.
Recuperar la casa del maestro molinero significa recuperar una parte de la memoria interna de la almazara. El maestro molinero representaba el conocimiento técnico del molino. Sabía leer la aceituna, manejar tiempos y controlar procesos. Su figura resume un oficio que ha cambiado mucho con la tecnología, pero que sigue siendo esencial para entender la historia del aceite.
San Amador forma parte de Oleotour Jaén. Además, sus instalaciones acogen un centro de interpretación dedicado al aceite de oliva, los tipos de aceite y la calidad. Esta función conecta la cooperativa con una nueva manera de valorar el patrimonio agroindustrial. El visitante no entra solo a comprar. Entra a comprender.
Su función actual en Martos
Hoy San Amador mantiene su función agrícola. Sigue vinculada a la recepción de aceituna, la producción de aceite, el envasado y la comercialización. También conserva su papel social como cooperativa de socios. Sin esa dimensión colectiva, su historia perdería sentido.
Pero su función actual va más allá. La cooperativa actúa como escaparate del aceite marteño. Ofrece venta directa. Refuerza la imagen de calidad del AOVE local. Participa en el oleoturismo. Contribuye a explicar el vínculo entre Martos y el olivar.
Ese papel resulta cada vez más importante. Muchas ciudades han perdido la conexión visible entre economía, paisaje y patrimonio. Martos todavía conserva esa relación. La Cooperativa San Amador la hace tangible. Permite ver cómo el olivar entra en la ciudad, cómo se transforma y cómo vuelve al mundo en forma de aceite.
Un patrimonio que sigue trabajando
La historia de San Amador no pertenece al pasado. Su edificio no funciona como una pieza cerrada de museo. La cooperativa sigue activa. Ese dato la convierte en un patrimonio vivo. No conserva solo muros. Conserva una actividad.
Desde 1960 hasta hoy, San Amador ha pasado por varias etapas. Nació como respuesta cooperativa. Creció con el trabajo de sus socios. Modernizó sus sistemas de extracción. Apostó por marcas de calidad. Abrió sus puertas al visitante. Recuperó espacios vinculados a la memoria de la almazara.
Su historia resume una parte esencial de Martos. La del olivar que no se contempla desde lejos, sino que se trabaja. La del aceite que no aparece por casualidad en una botella, sino que nace de una red de agricultores, instalaciones, conocimientos y decisiones compartidas.
Por eso la Cooperativa San Amador merece una mirada patrimonial. No solo por lo que produce. También por lo que representa: la capacidad de una comunidad agrícola para organizarse, adaptarse y seguir dando sentido económico y cultural al paisaje del olivar marteño.

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