El Último Adiós del Camino
El Último Adiós del Camino

El viento de levante y el polvo del camino forman parte del ADN de El Puerto de Santa María. Pero si existe un punto donde esa brisa se carga de promesas, es en la salida de la ciudad, justo en la orilla de la antigua carretera que nos une con Sanlúcar de Barrameda. Allí, humilde pero firme, se alza el monumento a la Virgen del Rocío. No es una catedral de mármol. Es un testigo de piedra blanca que marca el pulso de los romeros.

Un hito en el camino

Hablamos del conocido Monolito de Las Marías. Su estructura es sencilla: una construcción de mampostería encalada, rematada por una cruz de cerrajería y una hornacina central. En su interior, la imagen de la Blanca Paloma observa el asfalto.

Este monumento no se ubicó allí por azar. Ocupa un lugar estratégico a la salida del casco urbano, en la zona conocida como la finca «Las Marías». ¿La razón? Es la puerta simbólica al Coto. Desde este punto, la ciudad termina y comienza la peregrinación real. Es el último lugar de El Puerto que los peregrinos ven antes de enfilar hacia Sanlúcar para cruzar el Guadalquivir en Bajo de Guía. Es el kilómetro cero de la fe rociera portuense.

Orígenes y promotores

Para entender su origen, debemos mirar atrás, hacia la década de los años 70. La Real e Ilustre Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de El Puerto de Santa María (filial número 32, fundada canónicamente en 1959) ya había consolidado su fuerza en la provincia.

La Hermandad necesitaba un hito físico que marcara la despedida de la ciudad. No bastaba con la misa en la Parroquia de San Joaquín. Hacía falta un altar en el camino. Fueron los propios hermanos, movidos por el auge de la romería en aquella época, quienes promovieron su construcción. Buscaban un lugar donde rezar la Salve antes de perder de vista sus casas. Así nació este pequeño santuario a pie de carretera.

Resistencia y Fe: anécdotas de piedra

La historia de este monumento no ha sido siempre plácida. El monolito ha sufrido los embates del tiempo y, lamentablemente, de la mano humana.

Una de las historias más recordadas —y dolorosas— ocurrió en octubre de 2012. Una madrugada, el monumento sufrió un brutal ataque vandálico. Desconocidos lanzaron piedras de gran tamaño contra la hornacina. Destrozaron el cristal y dañaron seriamente la imagen de la Virgen y el Pastorcito.

Aquí reside el valor de esta historia: la imagen dañada no era una talla cualquiera. Se trataba de una pieza de porcelana y cerámica donada décadas atrás por el reconocido portuense Alfonso Terry. La Hermandad, lejos de hundirse, reaccionó de inmediato. Restauraron la imagen y repararon el daño con la ayuda altruista de los vecinos. Aquel ataque, paradójicamente, solo sirvió para fortalecer el vínculo de El Puerto con su monumento.

El ritual de la salida

Hoy, el monumento sigue cumpliendo su función. Cada primavera, cuando las carretas y los simpecados inician su marcha, la parada en «Las Marías» es obligatoria. Se detienen los bueyes. Se hace el silencio. Suena la flauta y el tamboril. Se reza la Salve de despedida.

Es un monumento vivo. No destaca por su grandiosidad arquitectónica, sino por su carga emocional. Es el guardián que espera el regreso de los romeros, cubierto de polvo, a la orilla de la carretera de Sanlúcar.

el último adiós del camino
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