En la esquina de la calle San Bartolomé con Los Moros aún resiste una de las piezas más elocuentes del viejo paisaje vinatero de El Puerto de Santa María. La antigua bodega de San Bartolomé no ocupa un lugar casual. Forma parte del Campo de Guía, el gran ensanche bodeguero que cambió la fisonomía de la ciudad durante el siglo XIX.
Hoy el edificio ya no huele a mosto, a madera ni a crianza. Tampoco conserva la actividad que le dio sentido. Sin embargo, su fachada todavía habla. Sus huecos altos recuerdan la necesidad de ventilar los vinos. Sus portadas conservan el lenguaje sobrio de la arquitectura bodeguera. Y su volumen mantiene la escala de una ciudad que hizo del vino una industria, una cultura y una forma de vida.
La bodega de San Bartolomé no fue una instalación menor. Nació en 1834, en pleno crecimiento del Campo de Guía. Participó en el tránsito desde la vinatería tradicional hacia la empresa bodeguera moderna. También pasó por varias manos. Primero perteneció a Vicente María de la Portilla. Después llegó a Merello Hermanos. Más tarde entró en la órbita de Osborne.
Su historia resume buena parte del destino del patrimonio bodeguero portuense: esplendor, transformación industrial, abandono y debate sobre el futuro.
El Campo de Guía: una ciudad para el vino
Para entender esta bodega hay que mirar antes el lugar donde se levantó. El Campo de Guía surgió junto a la desembocadura del Guadalete, en un espacio estratégico. Allí la ciudad encontró suelo, ventilación, cercanía al río y conexión con las rutas comerciales.
Durante el primer tercio del siglo XIX, El Puerto impulsó un paisaje industrial singular. No se trataba solo de construir bodegas aisladas. La ciudad diseñó un verdadero ensanche bodeguero. Sus calles, sus patios y sus grandes cascos respondían a una economía muy concreta: criar, conservar, clasificar y exportar vinos del Marco de Jerez.
La bodega de San Bartolomé formó parte de ese impulso. Se levantó en la esquina de San Bartolomé con Los Moros y lindaba con el callejón de San Diego. Esa ubicación le permitía integrarse en una red de cascos bodegueros próximos. No funcionaba como una pieza aislada, sino como parte de un tejido productivo.
El viajero actual debe imaginar ese entorno con otra densidad. Donde hoy aparecen medianeras, puertas cerradas o edificios sin uso, hubo trasiego de botas, toneles, carros, trabajadores, comerciantes y muestras de vino. El barrio respiraba industria.
Vicente María de la Portilla, el fundador
La bodega tuvo como primer gran protagonista a Vicente María de la Portilla Ordóñez. Nació en Alceda, Cantabria, en 1775. Como tantos montañeses de su tiempo, buscó fortuna en América. Se estableció en Veracruz, un puerto decisivo para el comercio atlántico de Nueva España. Después pasó por La Habana. Finalmente regresó a Cádiz, donde aparece documentado en 1833 como comerciante.
Portilla reunía el perfil característico de muchos inversores del vino en la Bahía. Tenía capital, contactos comerciales y una mirada atlántica del negocio. No procedía de una pequeña economía local. Venía de un mundo mercantil más amplio, conectado con América y con Cádiz.
En 1834 levantó la bodega de San Bartolomé sobre un solar comprado a Tomás Ravina, genovés afincado en Cádiz. El proyecto original lo firmó el maestro mayor de obras Diego Filguera y se conserva en el Archivo Histórico Municipal de El Puerto de Santa María.
Portilla no solo poseía la bodega. También tenía la viña Larrea, situada al norte del cerro de Las Cabezas, cerca del antiguo lagar de La Atalaya de Osborne, en la carretera de Sanlúcar. Esa relación entre viña, bodega y comercio explica el sentido empresarial del conjunto. La bodega no era un simple almacén urbano. Formaba parte de una cadena productiva.
Cómo era la bodega
La bodega nació con una composición muy clara. El proyecto original planteaba dos cuerpos simétricos y un patio de trabajo central. Esa estructura justificó que, en el lenguaje familiar, se la conociera como “Las Gemelas”.
Su arquitectura respondía a las necesidades del vino. Los cascos necesitaban altura, ventilación y penumbra. Las ventanas altas permitían renovar el aire. La masa de los muros ayudaba a estabilizar la temperatura. Los patios facilitaban el trabajo diario. Nada resultaba caprichoso.
La fachada principal de la calle San Bartolomé conserva tres zonas. Las laterales se corresponden con las antiguas naves. La central concentra la parte más decorativa. En ella aparece un frontón, molduras, óculos y portadas con arcos. Algunos herrajes muestran motivos relacionados con la vid. Son detalles discretos, pero importantes. Revelan la identidad vinatera del edificio.
La fecha de 1834 aparece en la cartela de la fachada. Ese dato convierte al inmueble en un testimonio directo del primer gran ciclo de construcción bodeguera del Campo de Guía.
Qué vinos se criaban y qué actividad tuvo
La documentación conservada permite hablar con prudencia. En la etapa de Portilla, la bodega almacenaba unas 1.400 botas y vasijería. También se citan “todas clases de vinos”. La información más concreta procede de los vinos vinculados a la viña Larrea.
Las fuentes mencionan Pedro Ximénez, dulce asoleado, vino cocido, vino dulce sancocho, vino blanco de primera y segunda, además de vinagre y aguardiente. Estos nombres reflejan una vinatería diversa. No todo giraba en torno a una sola marca ni a una sola categoría comercial. Había vinos generosos, dulces, blancos, productos derivados y destilados.
Conviene no forzar la documentación. No he encontrado una fuente fiable que permita atribuir a la bodega, en su origen, una marca concreta de fino, oloroso o amontillado. Sí puede afirmarse que su actividad pertenecía al universo de los vinos del Marco de Jerez y que el Campo de Guía se vinculó de forma especial a la crianza biológica y a los vinos finos.
Más tarde, con Merello Hermanos, la bodega mantuvo una actividad vinatera amplia. La documentación apunta a vinos y licores. En 1882 aparece una solicitud para enviar vino por tren. A comienzos del siglo XX, la firma se anunciaba como abastecedora de varias casas reales. Ese dato sugiere una etapa de notable prestigio comercial.
Con Osborne, el edificio cambió de función. La firma instaló allí el embotellado de brandy. Después acogió el embotellado de vino. La bodega dejó de funcionar solo como espacio de crianza tradicional y se integró en una lógica industrial más moderna.
La etapa de mayor apogeo
El apogeo de la bodega tuvo dos momentos.
El primero llegó con Portilla. A mediados del siglo XIX, el conjunto ya reunía una gran capacidad de almacenamiento. Las 1.400 botas indican una inversión importante. También muestran la ambición de su fundador.
El segundo momento, y quizá el más visible desde el punto de vista comercial, corresponde a Merello Hermanos. Entre la segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del XX, la bodega aparece vinculada a una firma exportadora. Su imagen llegó a la publicidad. Sus productos buscaron prestigio. Su cartel anunciador presumía de abastecer a los reyes de España, Suecia y Noruega.
Ese periodo encaja con el gran auge de la industria vinatera portuense. El Puerto no solo criaba vinos. También los comercializaba, los exportaba y los convertía en imagen de ciudad. La bodega de San Bartolomé participó en esa economía expansiva.
Merello Hermanos y Osborne
Tras la muerte de Portilla, sus bienes pasaron a sus herederos. La bodega acabó en manos de Merello Hermanos en una fecha situada entre 1856 y 1874. En 1874 ya aparece Vicente Merello en estadísticas de exportadores de El Puerto.
La etapa de Merello consolidó la proyección comercial del edificio. No se conservan tantas referencias como sería deseable, pero las que han llegado resultan significativas. La bodega mantuvo su estructura de dos cascos con patio central al menos hasta 1928, según la fotografía aérea de ese año.
Después llegó Osborne. Las fuentes consultadas no cierran con total precisión la fecha de compra. Algunas síntesis recientes la sitúan en 1917, pero conviene tratar ese dato con cautela. Lo seguro es que Osborne transformó el inmueble para adaptarlo al embotellado de brandy y, más tarde, al embotellado de vino.
Aquellas reformas alteraron parte del edificio. Se sustituyeron cubiertas. Se cubrió el patio central. Se abrió una puerta de gran tamaño para el acceso de camiones. La bodega ganó utilidad industrial, pero perdió parte de su lectura original.
También sufrió un incendio, probablemente en los años próximos a la explosión de Cádiz de 1947. El fuego afectó a uno de los cascos. Después se reconstruyó con respeto parcial a la tipología y a los materiales.
Las causas del declive
El declive de la bodega de San Bartolomé no responde a una sola causa. Responde a un proceso.
Primero cambió la industria. Las viejas bodegas urbanas del Campo de Guía ofrecían belleza, historia y condiciones ambientales. Pero la producción moderna necesitaba más espacio, mejores accesos, instalaciones concentradas y logística más eficiente.
Después llegaron las transformaciones internas. La adaptación al embotellado de brandy y vino alteró el edificio. El inmueble siguió activo, pero ya no conservaba íntegra su función bodeguera original.
El golpe definitivo llegó en 1997. Ese año Osborne trasladó el embotellado de vino a la bodega de El Tiro. Desde entonces, San Bartolomé quedó sin uso productivo.
A esa pérdida de función se sumó la presión inmobiliaria. La bodega entró después en una operación urbanística fallida vinculada a Prasa. El resultado fue el peor posible para un inmueble patrimonial: ni actividad bodeguera, ni rehabilitación clara, ni integración viva en la ciudad.
El abandono hizo el resto. La falta de uso deteriora cualquier edificio. En una bodega, además, la escala del inmueble agrava el problema. Cada cubierta, cada muro y cada patio exige mantenimiento constante.
Estado actual y funciones previstas
En la actualidad, la bodega no mantiene actividad vinatera. Las fuentes patrimoniales la describen como un edificio vacío y sin uso. Su imagen exterior conserva interés, aunque el inmueble acusa abandono, deterioro y actos vandálicos.
El planeamiento la incluye dentro del ámbito AER-06 San Bartolomé. El PEPRICHYE reconoce su valor parcial. También distingue entre zonas con menor interés patrimonial y partes que conservan elementos estructurales valiosos.
La nave con fachada al callejón de San Diego conserva la estructura original con arcadas de piedra arenisca, pilares, cubierta de teja y elementos tradicionales. Por eso el planeamiento plantea su aprovechamiento como contenedor de valor patrimonial. Para otras partes, el documento prevé usos residenciales o compatibles dentro de una operación de revitalización urbana.
La cuestión de fondo permanece abierta. El reto no consiste solo en “hacer algo” con la bodega. El verdadero desafío consiste en no borrar su memoria. Cualquier intervención debería respetar su escala, su fachada, su estructura significativa y su lectura dentro del Campo de Guía.
Qué debería mirar el viajero
Quien pasee por San Bartolomé debe detenerse en la esquina con Los Moros. Allí encontrará una bodega que no se entiende a primera vista. Hay que observarla con calma.
Conviene mirar las ventanas altas. No nacieron para decorar, sino para respirar vino. Hay que fijarse en la simetría de la fachada. También en las portadas, en los arcos y en los detalles vegetales de los herrajes. La cartela con la fecha de 1834 sitúa el edificio en el mapa del gran siglo bodeguero portuense.
El viajero también debe imaginar el callejón de San Diego. Ese espacio casi oculto ayuda a comprender la vieja estructura del conjunto. El Campo de Guía no fue una simple acumulación de naves. Fue un paisaje productivo.
La bodega de San Bartolomé pertenece a esa memoria. No luce como un monumento restaurado. No ofrece una visita enoturística. No se presenta como postal fácil. Pero precisamente por eso conserva una fuerza especial. Habla del patrimonio que todavía espera una segunda oportunidad.
Una bodega que resume una ciudad
La antigua bodega de San Bartolomé resume dos siglos de historia portuense. Nació del capital mercantil que regresó de América. Creció dentro del primer gran ensanche bodeguero de El Puerto. Almacenó vinos, dulces, blancos, vinagres y aguardientes. Vivió el prestigio exportador de Merello Hermanos. Se adaptó después a la industria de Osborne. Finalmente perdió su función y cayó en el silencio.
Su historia no debería acabar ahí.
El Puerto de Santa María no puede entenderse sin sus bodegas. Tampoco puede explicar su siglo XIX sin el Campo de Guía. La bodega de San Bartolomé forma parte de esa identidad. Su recuperación no solo afectaría a un edificio. También ayudaría a recomponer una parte esencial de la memoria urbana, industrial y vinatera de la ciudad.
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