A la sombra de la torre barroca de la Victoria, el viejo hospital de la Misericordia de Puerto Real descansa hoy en silencio. Durante siglos, el edificio unió caridad, enfermedad, miedo y esperanza en un mismo patio. Su historia se mezcla con la del convento de los Mínimos y con la de muchas familias de la villa.
Un solar escogido “entre el pinar y la mar”
La Orden de los Mínimos de San Francisco de Paula llegó a Puerto Real en el siglo XVII. Primero se instaló en la ermita de San Benito y, en 1639, se trasladó a un pequeño promontorio entonces situado a las afueras del casco urbano. Allí levantó el convento y la iglesia de la Victoria.
El lugar no era casual. El “manchón” dominaba el camino hacia el muelle, quedaba cerca del centro pero algo apartado, y ofrecía espacio para huertas y dependencias auxiliares. El conjunto ocupó con el tiempo una gran parcela de esquina, con la iglesia orientada a la calle de la Victoria y los cuerpos conventuales extendidos hacia la actual plaza de Madre Loreto y la Ribera del Muelle.
Siglos después, esa misma posición resultó ideal para un pequeño hospital de beneficencia: accesible desde todo el pueblo, cercano al puerto y, al mismo tiempo, relativamente separado del tejido doméstico más denso.
De la primera Misericordia al hospital del XIX
La tradición hospitalaria de Puerto Real es más antigua que el edificio de la Victoria. A finales del siglo XV, poco después de la propia fundación de la villa, el cabildo erigió el Hospital de la Misericordia en el extremo de la entonces calle Misericordia, hoy calle Sagasta, casi a orillas del mar. El Ayuntamiento lo sostenía con rentas de propios y con limosnas de benefactores; acogía a pobres y transeúntes que no podían pagarse la asistencia. El hospital contaba además con una iglesia anexa dedicada a San Juan de Letrán.
En el siglo XVII la epidemia de peste de 1649 reveló la precariedad del edificio. Las fuentes municipales hablan de una fábrica muy deteriorada, hasta el punto de obligar a una profunda reedificación en 1651, costeada en buena parte por el obispo de Cádiz y por el almirante Francisco Díaz Pimienta, señor de la villa.
Tras la Guerra de la Independencia, la ciudad tuvo que recomponer su red asistencial. En 1813 se fundó el nuevo Hospital de la Misericordia, que asumió la herencia de aquellos antiguos hospicios ligados a órdenes religiosas y a la beneficencia municipal. La Guía del viajero de 1864, comentada por el historiador Manuel Parodi, describe un hospital capaz de acoger a solo doce enfermos pobres, único recurso benéfico de la villa en materia sanitaria.
Ese hospital del siglo XIX es el que la memoria local identifica con el edificio hoy adosado a la iglesia de la Victoria, ya convertido en asilo-hospital y, más tarde, en residencia de ancianos.
Promotores y manos que sostuvieron el hospital
En la larga vida de la Misericordia intervinieron varios actores.
- El cabildo municipal impulsó el primer hospital tardo–medieval y, durante siglos, destinó parte de sus propios a mantener edificio, personal y medicinas.
- El obispo de Cádiz y el general Francisco Díaz Pimienta financiaron las grandes obras de reconstrucción de 1651, tras la peste, conscientes de que el hospital formaba parte de la infraestructura básica de la villa.
- La Orden de los Mínimos levantó el convento de la Victoria en el promontorio que más tarde albergaría el asilo-hospital contiguo a la iglesia.
En la etapa contemporánea, el protagonismo recayó en la congregación de las Hermanas de la Caridad de Santa Joaquina de Vedruna. El 3 de diciembre de 1882, un pequeño grupo de hermanas llegó a Puerto Real para hacerse cargo del Hospital de la Misericordia, que ofrecía asistencia gratuita a los vecinos sin recursos y presentaba condiciones muy precarias. Con el tiempo la comunidad creció y se ganó el cariño de varias generaciones de puertorrealeños.
El hospital de la Victoria se convirtió así en una institución compartida: el Ayuntamiento aportó el inmueble y la estructura legal; la Iglesia y las congregaciones religiosas aportaron personas, cuidado diario y continuidad.
Vida cotidiana, hitos y anécdotas
Un hospital pequeño para una villa entera
La descripción de 1864 habla por sí sola: una localidad de más de seis mil habitantes y un hospital que solo podía albergar a doce enfermos a la vez. La beneficencia en Puerto Real vivía con medios muy escasos. La asistencia sanitaria general seguía en manos de médicos y boticarios privados, cuando los había, y el hospital funcionaba sobre todo como refugio para pobres, ancianos y enfermos crónicos.
Con la llegada de las Hermanas de la Caridad, el centro reforzó su dimensión caritativa. La crónica vedruna recuerda que muchas familias de Puerto Real nacieron, sanaron o murieron entre sus muros. El hospital atendía golpes de la infancia, fiebres, partos complicados y achaques de la vejez, siempre con recursos limitados pero con una fuerte implicación humana.
Verano de 1936: el hospital y la iglesia en peligro
Uno de los episodios más dramáticos de su historia llegó con el estallido de la Guerra Civil. El 18 de julio de 1936, grupos exaltados intentaron asaltar e incendiar la iglesia de la Victoria y el hospital de la Misericordia de Puerto Real. La madre Loreto Goenaga, superiora de la comunidad, describió después cómo las hermanas sintieron “angustia” por los ancianos acogidos y por sus propias vidas.
La carta que envió a la prensa relata que la comunidad llamó por teléfono al alcalde José María Fernández Gómez. El alcalde ordenó de inmediato el envío de fuerzas de Carabineros y de la guardia municipal. Esa intervención evitó el saqueo y el incendio y salvó el templo, el hospital y probablemente a los ancianos acogidos.
El episodio explica por qué la plaza inmediata a la iglesia lleva hoy el nombre de Madre Loreto. La comunidad y el edificio de la Victoria quedaron asociados desde entonces a la defensa del patrimonio y a la memoria de aquella jornada.
Causas del declive y cierre definitivo
El declive del antiguo hospital de la Misericordia de Puerto Real no llegó de golpe. Fue un proceso largo.
Ya en el siglo XVII, el primer hospital de la Misericordia sufrió ruina por falta de mantenimiento. Las fuentes municipales hablan de un edificio casi inservible para afrontar epidemias graves, hasta el punto de obligar a usar la ermita de San Benito como lazareto en las pestes más duras.
En el XIX y buena parte del XX, el hospital de la Victoria quedó pequeño frente al crecimiento de la población, al avance de la medicina y a la aparición de nuevos centros sanitarios comarcales. La Guía de 1864 ya insinúa este desfase al subrayar que solo doce enfermos podían ingresar en la Misericordia.
En la segunda mitad del siglo XX el edificio se orientó cada vez más a funciones de asilo y residencia de mayores, con una estructura arquitectónica pensada para un convento del seiscientos, no para un centro geriátrico moderno. Las exigencias de accesibilidad, instalaciones y confort resultaban difíciles de cumplir en un inmueble antiguo, muy reformado y con una trama interior compleja.
Finalmente, en febrero de 2002, la residencia Vedruna se trasladó a un nuevo edificio, más amplio y adaptado. El antiguo hospital del monasterio de la Victoria quedó entonces vacío. Desde ese año el edificio cerró sus puertas como centro asistencial y pasó a un uso residual como almacén municipal, mientras su estado se deterioraba.
En 2017, el Ayuntamiento, ya propietario del inmueble, presentó la idea de transformarlo en hotel balneario de cuatro o cinco estrellas y buscó grupos inversores interesados. El reportaje del Diario de Cádiz recordaba entonces que el antiguo hospital permanecía cerrado desde 2002 y que ningún proyecto anterior había llegado a cuajar.
Características arquitectónicas del antiguo hospital de la Misericordia de Puerto Real
Hoy el conjunto de la Victoria se compone de la iglesia y del antiguo convento, transformado en asilo-hospital. Ambos cuerpos ocupan una gran parcela de esquina con fachada principal a la calle de la Victoria y frentes también hacia la plaza Madre Loreto y la Ribera del Muelle.
La iglesia presenta una sola nave rectangular, con planta de cruz latina y cúpula sobre el crucero. Una bóveda de cañón cubre la nave y un tejado a dos aguas define el volumen exterior. Junto al presbiterio se alza la torre, de planta cuadrada, coronada por un cuerpo de campanas revocado y un capitel decorado con azulejos azules, añadido hacia 1770.
El hospital se adosa al lado izquierdo del templo. La descripción patrimonial de la Junta de Andalucía destaca que conserva la tipología de edificio organizado en torno a un patio central, aunque bastante desvirtuado por reformas posteriores. Un cuerpo añadido cierra la esquina entre la calle de la Victoria y la Ribera del Muelle, y una planta más se superpone a todo el conjunto hospitalario en época reciente.
La fachada del bloque civil resulta sobria. Se integra en el frente de la iglesia y se organiza en varios niveles con vanos regulares. Un portal de piedra, de traza neoclásica, marca el acceso al antiguo hospital y se remata con un frontón de gusto barroco. En el nivel del coro se abrieron luego ventanas modernas que rompen la armonía original del alzado.
En el interior, las sucesivas adaptaciones a usos de hospital y residencia llenaron galerías, celdas y dependencias conventuales con habitaciones, salitas y servicios. El patio, corazón del conjunto, articuló la circulación y ofreció luz y ventilación a enfermos y ancianos.
El edificio hoy: patrimonio en espera
Desde su cierre en 2002, el antiguo hospital de la Misericordia vive una especie de limbo. El inmueble pertenece al Ayuntamiento, figura en el catálogo patrimonial de Andalucía y mantiene una fuerte carga simbólica para la población, pero sigue sin un uso estable.
Cuando uno se detiene en la plaza de Madre Loreto y mira hacia la Victoria, resulta fácil imaginar el trajín de otros tiempos: las camillas, las sotanas de los Mínimos, los hábitos blancos de las Vedrunas, los ancianos sentados al sol del patio. El reto actual consiste en recuperar ese edificio como pieza viva de la ciudad, sin borrar las huellas de su pasado asistencial.
Mientras tanto, el antiguo hospital de Puerto Real permanece ahí, pegado a la iglesia, recordando que la historia de un pueblo también se escribe en sus lugares de cuidado.


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