la lista de los cobardes
la lista de los cobardes

La lista de los cobardes no es un título amable. No busca consolarte. Te apunta con el dedo y te pregunta, sin rodeos, cuántas veces has jurado “este año sí” mientras negociabas contigo mismo para no empezar nunca. En una habitación enmohecida, con una vela como única testigo y un libro pesado como una culpa, las promesas de Año Nuevo dejan de parecer inocentes. Allí no caben frases bonitas. Allí las palabras tienen factura.

Este relato te conduce a un escenario detenido en el tiempo: estanterías vencidas, polvo antiguo, telarañas que cosen silencios y una calavera que no amenaza, sólo recuerda. En ese espacio, un volumen sin autor guarda algo más inquietante que una colección de propósitos: guarda el rastro de quienes aplazaron su vida por miedo, comodidad o cansancio disfrazado de prudencia.

A partir de esa imagen, la historia convierte el Año Nuevo en una trampa y la voluntad en una excusa frecuente. No trata sobre “motivación”. Trata sobre peajes. Sobre decisiones pequeñas y repetidas. Y sobre una verdad incómoda: los propósitos no desaparecen cuando los incumples; se quedan contigo, esperando, hasta que te atreves a escribirlos con hechos.

Capítulo I. La habitación que no celebraba nada

La ventana, pequeña y obstinada, dejaba entrar una luz sucia de invierno. No era sol. Era un recordatorio. El aire olía a madera húmeda, a papel viejo, a promesas rancias. En las paredes, el yeso se abría como una boca cansada. En las estanterías, los libros dormían torcidos, vencidos por su propio silencio. Entre ellos, una calavera vigilaba. No asustaba. Enseñaba. Tenía esa autoridad seca que sólo poseen los finales.

En el centro, sobre la mesa, ardía una vela en un candelabro de tres brazos. La llama temblaba con cada exhalación del cuarto, como si la habitación respirara culpa. A su lado, un libro enorme descansaba con la solemnidad de un ataúd. La cubierta mostraba cicatrices, mordiscos del tiempo, manchas de dedos que ya no existían.

Entré porque el mundo de afuera me gritaba “empieza de nuevo” y yo sólo escuchaba “otra vez”. El reloj marcaba el último día del año. Yo buscaba una señal. Una excusa. Un atajo. Algo que me devolviera las ganas como quien devuelve una llave encontrada.

En aquella mesa no había magia. O eso pensé. Hasta que vi el lomo del libro. Sin título. Sin autor. Sólo un cierre de cuero y una palabra grabada a cuchillo: Propósitos.

Capítulo II. El libro que pesaba más que un año

Me senté sin pedir permiso, como se sienta uno ante un juez. El libro ocupaba medio mundo. La vela lo bañaba con luz dorada, pero la sombra del candelabro dibujaba barrotes sobre la tapa, como si lo mantuviera preso o me mantuviera a mí.

Toqué el cierre. El cuero crujió. No sonó a cosa vieja. Sonó a advertencia. Detrás de mí, las estanterías parecieron inclinarse, curiosas. La calavera, en su rincón, no apartó la mirada. Nunca la apartan.

Abrí el libro.

La primera página no tenía letras. Tenía una lista de nombres, cientos, tal vez miles, escritos con tintas distintas. Algunos con pulso firme. Otros con vergüenza. Al lado de cada nombre, una fecha de Año Nuevo. Y una línea final, repetida como un sello: No cumplido.

Pasé hojas y hojas. En cada capítulo del libro aparecían vidas reducidas a un párrafo: “Aprenderé a tocar el piano”, “Dejaré de mentirme”, “Volveré a llamar a mi madre”, “No aceptaré migajas”, “Ahorraré”, “Viajaré”, “Escribiré”, “Perdonaré”.

El libro no juzgaba con insultos. Juzgaba con precisión. Eso dolía más. Cada promesa abandonada llevaba la marca de un abandono doble: el del acto y el de la persona que lo había deseado.

Entonces vi algo peor. Entre los nombres, reconocí el mío.

Capítulo III. Mi firma en tinta ajena

Mi nombre no debía estar ahí. Yo no había escrito en ese libro. O eso me conté, con la misma seguridad falsa con la que uno se dice “mañana empiezo”. La página mostraba: Antonio, y debajo, varias fechas seguidas, como pisadas que vuelven siempre al mismo charco. A la derecha, la sentencia: No cumplido. No cumplido. No cumplido.

Tragué saliva. La vela chisporroteó, como si se riera bajo.

Pasé a la página marcada con mi fecha más reciente. Y allí estaba mi lista, escrita con una caligrafía que se parecía a la mía cuando pretendía ser valiente:

“Voy a vivir con más libertad.”
“Dejaré de esperar aprobación.”
“Terminaré lo que empiezo.”
“Trataré de cuidarme.”
“Me propongo viajar más.”
“Intentaré ser más profesional.”

Leí esas frases como se lee una carta que uno mismo se envió y jamás abrió. Me ardieron los ojos. No por emoción. Por vergüenza. El libro me estaba devolviendo mis propias palabras con intereses.

Al fondo de la habitación, una telaraña vibró. No había viento. Era otra cosa. Una presencia. Una idea.

Entonces, en el margen inferior de la página, apareció una línea nueva, como si la tinta supiera escribir sola:

“Tus propósitos no mueren. Se pudren. Y su olor te acompaña.”

Capítulo IV. La bibliotecaria del fracaso

Cuando levanté la vista, ella estaba allí. No entró. No abrió puerta. Simplemente ocupó la sombra junto a las estanterías, como si hubiera vivido siempre entre esos lomos. Llevaba un vestido oscuro, de tela sin época. Su rostro era pálido, pero sus ojos tenían el brillo de quien sabe demasiado.

—No te asustes —dijo—. Aquí sólo guardo lo que la gente abandona.

Miré la calavera. Luego la vela. Luego el libro, que parecía más grande.

—¿Quién eres?

—La encargada de este archivo. Algunos me llaman conciencia. Otros, costumbre. Otros, miedo. Yo no me ofendo. Me alimento de todos.

Se acercó al libro y acarició el borde de una página, con cuidado casi maternal.

—Cada Año Nuevo, millones escriben listas como si las listas hicieran el trabajo. Creen que el deseo pesa más que el hábito. Y el hábito… —sonrió— siempre gana si nadie lo enfrenta.

—¿Y por qué mi nombre?

—Porque firmaste sin darte cuenta. Cada vez que dijiste “luego”, pusiste tu rúbrica. Cada vez que elegiste la comodidad disfrazada de cansancio, añadiste una fecha.

La vela proyectó su silueta sobre la pared: una sombra alargada, llena de recovecos. Parecía una estantería humana.

—Este libro sólo registra una cosa —continuó—: promesas sin cuerpo. Propósitos sin acción. Palabras sin suelo.

—¿Y qué quieres de mí?

Ella inclinó la cabeza.

—Que decidas si vas a seguir escribiendo epitafios.

Capítulo V. El trato: una página que no permite trampas

Me pidió que tomara la pluma que descansaba junto al candelabro. No la había visto hasta entonces. Era negra, sencilla, casi vulgar. Pero al tocarla sentí un frío limpio, como agua de pozo.

—Escribe —ordenó—, pero esta vez con condiciones.

—¿Condiciones?

—Una promesa debe pagar peaje. Si no, se convierte en decoración. Y ya tienes demasiada decoración en tu vida.

El libro se abrió solo por una página en blanco. El silencio de la habitación se apretó. Incluso la calavera pareció inclinarse un milímetro.

—No escribas deseos —dijo ella—. Escribe actos. Medibles. Fechados. Pequeños. Ridículos si hace falta. Ridículos, pero reales.

La pluma tembló en mi mano. Noté el impulso de escribir grande, épico, cinematográfico. “Cambiaré mi vida.” “Seré otro.” Frases para aplausos. Frases sin piernas.

Escribí otra cosa:

“Durante 30 días, trabajaré 45 minutos diarios en mi proyecto principal, sin negociar.”
“Cada semana, haré una llamada que evito.”
“Ahorraré una cantidad concreta y la separaré el primer día de mes.”
“Planificaré un viaje y compraré el primer billete antes de que termine enero.”
“Haré ejercicio tres días por semana, aunque sea breve.”

La bibliotecaria sonrió por primera vez de verdad.

—Ahora viene el peaje.

La llama de la vela se alzó como una lengua.

—Cada línea que no cumplas —dijo— se convertirá en una excusa en tu boca. Y cada excusa te quitará algo.

—¿Qué me quitará?

—Tiempo. Energía. Claridad. Las mismas cosas que dices que te faltan.

Traté de bromear. No salió.

—¿Y si cumplo?

Ella señaló la calavera.

—Si cumples, aprenderás por fin que la muerte no asusta. Lo que asusta es llegar vacío.

Capítulo VI. El Año Nuevo que no empezó en enero

Cerré el libro. No lo cerré como quien termina un trámite. Lo cerré como quien guarda un arma. Afuera, los fuegos artificiales comenzarían en unas horas. El mundo celebraría una línea imaginaria en el calendario. Yo, en cambio, sentí que el año empezaba allí, en ese cuarto que olía a polvo y verdad.

La bibliotecaria se desvaneció sin despedida. Quedó la vela, la mesa, la estantería, la calavera. Y quedó un sonido mínimo: el papel acomodándose, como si el libro respirara satisfecho.

Me levanté. Miré la ventana. La luz seguía siendo pobre, pero ahora parecía suficiente. Entendí la trampa: yo había idolatrado el momento, el día, la fecha. Como si el 1 de enero tuviera músculos. Como si el calendario empujara por mí.

Antes de irme, abrí el libro por última vez. En mi página, la frase “No cumplido” había desaparecido. En su lugar, una línea nueva esperaba, silenciosa, sin elogios:

Pendiente.

No decía “logrado”. No decía “fracaso”. Decía “pendiente”, como una puerta entreabierta. Como un aviso de que el destino no necesita dramatismo. Sólo necesita continuidad.

Salí al frío. La noche me recibió sin fanfarrias.

Y allí comprendí la moraleja, simple y brutal: un propósito no se cumple con ganas, ni con listas, ni con discursos. Se cumple con actos pequeños repetidos hasta que dejen de doler. Porque lo único más pesado que un libro de promesas incumplidas es la vida que uno aplaza por miedo a empezar.

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