narración del tesoro perdido en la calle motril
narración del tesoro perdido en la calle motril

En el tumultuoso año de 1568, los ecos de la Alpujarra de Granada resonaban con el clamor de los moriscos, que desafiaban con valentía el poder del monarca Felipe II. Una guerra, desgarradora y desafiante, se desplegó sobre la tierra, una guerra que no solo enfrentaba a hombres con espadas, sino a ideales con ideales, a identidades con identidades.

Los moriscos, con su bravura y su determinación, lucharon con fervor durante tres años, pero al final, el destino les deparó una amarga derrota. La contienda terminó con la caída de los sublevados, y con ella llegó el oscuro capítulo de la expulsión de la población musulmana de la Península. Familias enteras se vieron obligadas a dejar atrás sus hogares, sus raíces, su identidad. Solo unos pocos, como Juan Díaz y Bernardína Gutiérrez, pudieron hallar un refugio en tierras lejanas, lejos de su Motril natal.

Martos, con sus calles serenas y su gente acogedora, ofreció un nuevo hogar a la pareja desterrada. Aunque el destino les arrebató su tierra, no pudo arrebatarles su voluntad de prosperar. Construyeron un palacio, una fortaleza que sería su refugio en la nueva vida que forjaban.

Sin embargo, bajo la fachada de prosperidad, Juan albergaba un resentimiento profundo. Desconfiaba de sus vecinos, percibiendo en cada mirada un destello de traición. A medida que pasaban los años, esa desconfianza se convirtió en paranoia, y la paz que habían encontrado se vio empañada por las sombras de la desconfianza.

En un rincón oscuro del palacio, Juan ocultó su tesoro, acumulado con esfuerzo a lo largo de los años. Un tesoro en forma de monedas relucientes, un símbolo de su triunfo sobre la adversidad. Sin embargo, el tesoro se convirtió en una maldición, una obsesión que consumía su mente y lo separaba aún más de la realidad que lo rodeaba.

El criado, fiel guardián de los secretos de su amo, compartió su destino de paranoia y locura. Juntos, en la oscuridad del palacio, perdieron la noción del tiempo y la cordura. Y cuando la muerte finalmente llegó, la herencia de Juan se convirtió en un legado de locura y desesperación.

Los herederos, ansiosos por reclamar lo que consideraban suyo por derecho, se encontraron con un obstáculo inesperado. El criado, el último testigo de la tragedia que había consumido al palacio, se aferró al secreto del tesoro con una ferocidad insospechada. Y cuando los herederos llegaron, el criado hizo estallar el palacio en llamas, llevándose consigo el tesoro y sus oscuros secretos.

Desde entonces, la calle de Motril se convirtió en un lugar de leyenda y misterio. Se dice que en las noches más oscuras, cuando la luna se oculta tras las nubes, una sombra acecha entre los escombros del antiguo palacio. Una sombra en busca de un tesoro perdido, condenada a vagar por la eternidad en busca de redención. Y aunque muchos han buscado el tesoro, ninguno ha logrado encontrarlo, pues el verdadero tesoro yace en las lecciones de la historia y en la inevitabilidad del destino.

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