Vivimos sometidos a la dictadura de la meta. La sociedad moderna premia la llegada y desprecia el trayecto. Nos definen las coordenadas fijas: una dirección postal, un cargo en una oficina, un punto exacto en el mapa. Estar quieto equivale a ser productivo; moverse sin rumbo se considera un desperdicio. Sin embargo, existe una disidencia silenciosa en el simple acto de desplazarse.
La siguiente narración explora esa fractura existencial. Presenta a un hombre que, desde la cima de su madurez, comprende una verdad incómoda: la identidad pesa y el sedentarismo corroe. Su viaje no busca el turismo ni el descanso. Busca la anulación del «dónde» en favor del «mientras».
El tren deja de ser un mero vehículo de transporte. Se transforma en una cápsula de tiempo, un paréntesis de acero y cristal donde las normas civiles se suspenden. A través de la ventana, el mundo se convierte en una abstracción veloz y el viajero recupera el control mediante la renuncia a detenerse. Esta historia disecciona el placer subversivo de habitar el intermedio, esa tierra de nadie donde, paradójicamente, uno se siente más vivo que nunca.
Prepárese para abordar. No vamos a ninguna parte.
Capítulo I: El Billete en Blanco
Elías ajustó el nudo de su corbata. No lo hizo por elegancia. Lo hizo por costumbre. El espejo del vestíbulo devolvió una imagen conocida: canas en las sienes, surcos profundos alrededor de la boca, ojos que habían visto demasiados informes trimestrales y pocas puestas de sol reales.
Salió de casa. Cerró la puerta sin girar la cabeza. La maleta en su mano pesaba poco. Apenas dos mudas, un libro de tapas duras y una libreta virgen. El peso real lo llevaba en el pecho, pero ese día planeaba aligerarlo.
Llegó a la Estación Central. El ruido lo golpeó. Un caos de voces, maletas rodantes y silbatos electrónicos. La gente corría. Todos tenían prisa. Todos perseguían un destino, una hora, una cita. Elías caminó despacio. Su lentitud resultaba ofensiva en medio de aquella urgencia colectiva. Una roca en un río caudaloso.
Se acercó a la taquilla. La mujer detrás del cristal tecleaba con furia. —¿Destino? —preguntó sin levantar la vista. —El más lejano —respondió Elías. La mujer detuvo sus dedos. Lo miró. Buscó una broma en el rostro del hombre maduro. No encontró ninguna. —El tren a la costa norte sale en veinte minutos. Es el trayecto más largo sin transbordos. —Ese. Ventanilla. En el sentido de la marcha.
Pagó en efectivo. Sintió el billete en su mano. Un trozo de papel térmico. No era un permiso para llegar. Era un salvoconducto para huir.
Capítulo II: El Hierro y la Carne
El tren arrancó. Un tirón suave, casi imperceptible. El andén comenzó a deslizarse hacia atrás. Las caras de los que se quedaban se desdibujaron. Elías sintió una satisfacción perversa. Él no se despedía de nadie. Él se despedía del concepto de «estar».
El vagón olía a café rancio y a moqueta sintética. Elías acomodó su cuerpo en el asiento. El tren ganó velocidad. La ciudad se desmoronó tras la ventana. Los edificios altos dieron paso a fábricas grises, luego a suburbios desordenados y finalmente al verde monótono de los campos.
Aquí radicaba el secreto. La sociedad exige metas. Exige puntos de llegada. El éxito se mide por dónde acabas, no por cómo te mueves. Elías rechazaba esa premisa. Decidió habitar el intermedio. El tránsito. Ese no-lugar donde las reglas civiles se suspenden.
Miró por la ventana. El paisaje se convertía en una mancha impresionista. Los postes de electricidad marcaban el ritmo. Un metrónomo visual. El tiempo se estiraba. Dentro del tren, el reloj no importaba. Solo importaba el movimiento. La vibración del acero bajo sus pies le recordaba que estaba vivo. La inmovilidad es la muerte. El estancamiento es la verdadera tumba. Viajar sin destino es la única forma honesta de inmortalidad momentánea.
Capítulo III: Los Prisioneros de la Meta
A su lado se sentó un joven. Traje barato, teléfono caro. Sus pulgares bailaban sobre la pantalla. Ansiedad pura. —Espero que lleguemos a tiempo —dijo el chico, buscando complicidad. —¿A tiempo para qué? —preguntó Elías. —Tengo una reunión. Si cierro el trato, me ascienden. —Y si te ascienden, viajarás más. —Exacto. —¿Para llegar a más reuniones?
El chico frunció el ceño. Se puso los auriculares. Se aisló. Elías sonrió. El joven creía que viajaba en el tren. Se equivocaba. El joven viajaba hacia su propia prisión. El vagón era solo una sala de espera para su ansiedad.
Elías observó al resto. Una madre agotada intentaba calmar a un bebé. Un anciano dormitaba con la boca abierta. Una pareja discutía en susurros. Todos querían bajar. Todos deseaban que el trayecto terminara. Odiaban el túnel de tiempo. Odiaban la pausa forzosa.
Para Elías, el tren era el destino. El vagón actuaba como una cápsula de descompresión. Fuera, el mundo exigía respuestas. Dentro, el traqueteo justificaba el silencio. Nadie podía reclamarle nada mientras las ruedas giraran. Era intocable. Era un fantasma en tránsito. La disrupción real no consistía en gritar o romper escaparates. La disrupción era sentarse, mirar el horizonte y negarse a participar en la carrera.
Capítulo IV: La Catedral de la Noche
El sol cayó. El cielo sangró un rojo violento antes de rendirse al negro. La ventana dejó de ser una lente y se convirtió en un espejo. Elías vio su reflejo superpuesto a la oscuridad exterior. Vio sus arrugas. Vio sus ojos cansados. Pero no vio miedo.
La noche en un tren posee una mística diferente. Las luces de los pueblos lejanos parpadean como estrellas caídas. Son vidas ajenas. Casas donde la gente cena, ve la televisión, discute y duerme. Vidas estáticas. Vidas ancladas al suelo por hipotecas y rutinas. Elías se sentía un dios viajero observando a los mortales desde su carro de fuego.
Sacó su libreta. No escribió. Acarició el papel. Pensó en la metáfora del raíl. Dos líneas paralelas que nunca se tocan, condenadas a seguir el mismo curso hasta el infinito. Muchos ven en ello un destino fatal. Elías veía orden. El tren no elige el camino, pero el tren es el camino.
El revisor pasó picando billetes. —Falta poco para la terminal —anunció. Elías asintió. La «terminal». Qué palabra tan horrible. Terminal suena a enfermedad. A final absoluto.
Sintió un vacío en el estómago. No hambre, sino la náusea del fin. La llegada amenazaba con romper su burbuja. Al poner un pie en el andén de destino, volvería a ser un hombre con nombre, con edad, con obligaciones. Mientras permanecía en el asiento, era pura energía cinética.
Capítulo V: El Bucle Infinito
El tren redujo la marcha. Los frenos chirriaron, una sinfonía de metal agonizante. Las luces de la estación final invadieron el vagón. La gente se levantó de golpe. El ansia colectiva por huir del tren llenó el pasillo.
Elías esperó. Dejó que todos salieran. El vagón quedó vacío, lleno de ecos y envoltorios de bocadillos. Se levantó despacio. Caminó hacia la salida. El aire de la nueva ciudad era más salado, más húmedo. Pero no le interesaba la ciudad. No iba a visitar museos. No iba a buscar un hotel con vistas.
Miró el panel de salidas. Tren Nocturno – Sur – 23:45. Faltaban quince minutos.
Se dirigió a la taquilla de esa nueva estación desconocida. —Un billete —dijo Elías. —¿A dónde? —preguntó el nuevo taquillero. —Al sur. En el tren que sale ahora.
Compró el billete. Subió al nuevo tren. Buscó su asiento. Al sentarse, la ansiedad desapareció. El motor rugió bajo el suelo. La vibración volvió a subir por sus piernas. El corazón de Elías se acompasó al ritmo de la máquina.
El tren arrancó. Elías cerró los ojos y sonrió. No había llegada. Solo trayecto. La vida no ocurre en las estaciones. La vida ocurre en el borrón de colores que pasa entre una y otra. Él no era un pasajero. Él era el viaje. Y mientras las ruedas giraran, Elías sería eterno.
Visitas: 6
















