Como ya sabréis, en la sección de reflexiones personales, en ocasiones, publico sobre temas que me parecen interesantes o, cuanto menos, curiosos. Este es el caso a propósito de lo que voy a escribir hoy. Quiero, además, hacer un homenaje a esas generaciones que, en tiempos mucho más difíciles -ni más ni menos que después de que Europa pasara por dos terribles guerras- supieron sacar lo mejor de sí mismos y salir adelante. Incluso hoy en día, aquellos jóvenes que hoy son los abuelos siguen estando dispuestos a ofrecer toda su ayuda y mejores consejos para que las nuevas generaciones aprendan a ser felices y superar las vicisitudes cotidianas.

En España hay dos historias muy extendidas sobre el origen de la tortilla de patatas. Ambas parten de principios del XIX y lo vinculan al General Carlista Tomás Zumalacárregui. Según algunos, durante su estancia en Bilbao, habría creado la tortilla de patata como plato sencillo, rápido y nutritivo con el que saciar el hambre del ejército carlista

Una época, la que vivieron, en la que no había de nada. Muchas familias conocieron en sus carnes lo que significaba pasar hambre. Ya no tener un ordenador o un mejor coche, literalmente que no hubiera en sus miserables casas ni un trozo de pan duro que llevarse a la boca.

Aún con todo, hubo ingeniosas maneras de recrear una realidad de abundancia. Fijaos, una tortilla de patatas. Plato tan sencillo y tan español que hoy seguramente muchos menospreciarán, por aquel entonces era todo un manjar. Y tratar de recrearlo sin contar siquiera con un solo ingrediente era complicado. Reto a cualquiera de los que me leen que intenten recrearlo, si pueden. Algún que otro cocinero con mucha creatividad y una pizca de buen humor consiguió cocinar un sucedáneo que recordara, aunque fuera remotamente, lo que sería hacer una tortilla.

La otra versión sobre su origen afirma que lo inventó una anónima ama de casa navarra, en cuya casa paró el General Zumalacárregui para comer y descansar, la señora hizo un revuelto con los únicos alimentos que tenía: huevos, cebolla y patatas. El revuelto gustó tanto al general, que la populariza entre sus tropas para acabar con la miseria

Algún que otro libro ha publicado esta receta como parte de su narración sobre aquellos años de posguerra. Un tiempo en los que la primera y única obligación de cualquier miembro de una familia media española es trabajar de sol a sol a fin de traer algo de dinero para poder alimentar a la familia. Se dice pronto.

Vamos con la receta que reproduzco de una página de Internet. Primero vamos con los ingredientes:

lascas blancas (parte que hay entre la piel de la naranja y los gajos de fruta) Gotas de aceite 4 cdas. harina 10 cdas agua 1 cda. bicarbonato pimienta molida sal colorante artificial.

Ahora la receta:

Las patatas se sustituyen por lascas de esa fina capa blanca y esponjosa que tienen las naranjas entre la cáscara y los gajos. Se arranca esta capa con cuidado y cuando se tiene un plato lleno se pone en remojo durante unas horas.

El sucedáneo de los huevos se consigue con unas gotas de aceite, cuatro cucharadas de harina, diez de agua, una de bicarbonato, una pulgarada de pimienta molida, sal al gusto y una pizca de colorante artificial que aporta el tono de la yema.

Se bate todo hasta convertirlo en una crema bastante líquida, similar a los huevos batidos. Ahora se la añaden las peladuras de naranja convenientemente escurridas y pochadas, se mezcla y se cocina en la sartén como una tortilla de patata.

Pido a Dios que ni mi generación ni las que vengan después tengan que enfrentarse a una situación parecida de miseria, de pobreza y, en muchos caso, de auténtica desesperación. Aprendamos de nuestros mayores.

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