El umbral del olvido
El umbral del olvido

Capítulo I: la aldea silente

La niebla descendía pesada, como un sudario gris sobre el valle. Mis botas, cubiertas de lodo y polvo de leguas olvidadas, golpeaban el adoquín irregular de aquella aldea sin nombre. El viento no soplaba aquí; simplemente existía, estancado, cargado de un olor a tierra húmeda y tiempo muerto. Las leyendas hablaban de este lugar en susurros temerosos. Decían que el sol evitaba tocar sus tejados y que la luna solo iluminaba lo que nadie deseaba ver. Yo, empujado por una curiosidad mórbida y un cansancio atroz, ignoré las advertencias.

Las casas se alzaban a ambos lados del camino como espectros de piedra. Ventanas ciegas me observaban. Nadie caminaba por las calles. El silencio resultaba ensordecedor, una entidad física que oprimía mi pecho con cada paso. Buscaba refugio, un fuego, quizás un rostro humano que desmintiera la soledad absoluta de este paraje maldito. Entonces, al final de un callejón estrecho donde la luz moría prematuramente, la vi. Una estructura antigua, más fortaleza que hogar, se erigía desafiante ante la decadencia circundante.

Mi corazón, traidor en el pecho, aceleró su ritmo. No había cartel de posada, ni humo en la chimenea. Solo la promesa de un interior resguardado del frío sepulcral que ya calaba mis huesos. Me detuve. La arquitectura hostil sugería un rechazo explícito, pero mi necesidad física superaba al instinto primitivo de huida. Avancé hacia la entrada, sintiendo cómo la historia del lugar, pesada y oscura, convergía en ese único punto.

Capítulo II: la madera y la piedra

Mis ojos recorrieron la fachada con una fascinación temerosa. La pared no era una simple construcción; era un testamento de eras pasadas, un muro de piedra áspera, colocada por manos que llevaban siglos convertidas en polvo. El musgo, verde y negro, reclamaba las grietas como venas en un cuerpo enfermo. La humedad brillaba en la roca, similar al sudor frío de un moribundo. Pero toda mi atención recayó inevitablemente sobre la puerta.

Aquella puerta de madera maciza, envejecida por tormentas incontables, dominaba la escena. Sus tablones verticales, oscuros y robustos, parecían absorber la escasa luz del callejón. Unos travesaños horizontales la cruzaban, reforzando su postura inexpugnable, mientras los herrajes de hierro oxidado sugerían una prisión más que una morada. No había llamador visible, solo la textura rugosa de la madera que pedía, o quizás exigía, el contacto de una mano humana.

Lo más inquietante no era su antigüedad, sino su estado. Un leve resquicio, una línea de oscuridad absoluta, separaba la hoja del marco de piedra. ¿Estaba entreabierta? Esa pequeña fractura en la barrera invitaba a la imaginación a crear horrores. La luz cenital, proveniente de algún hueco en el techo o del cielo plomizo, bañaba el dintel, creando un contraste violento entre la textura iluminada y la negrura del umbral. Allí, frente a esa boca de madera y piedra, sentí la vibración de algo vivo al otro lado, aguardando mi decisión.

Capítulo III: el peso de la duda

Mi mano quedó suspendida en el aire, temblando levemente. La razón gritaba que diera media vuelta, que enfrentara la intemperie antes que cruzar aquel umbral. Recordé las historias de los ancianos en la posada anterior: viajeros que entraban en casas olvidadas para no regresar jamás, o peor, para regresar cambiados, vacíos de alma. El miedo, ese viejo compañero de viaje, se transformó en un terror agudo, casi eléctrico. ¿Qué habitaba tras esa madera podrida? ¿Seres de carne y hueso o ecos de una tragedia antigua?

La duda me paralizaba. El frío de la noche comenzaba a morder con dientes afilados, y el agotamiento nublaba mi juicio. Mi mente racional luchaba contra una intuición primigenia. Si tocaba esa madera, si perturbaba el silencio sagrado de esa casona, sellaría un destino que no podía comprender. Sin embargo, el abismo me llamaba. Edgar Poe escribió sobre el demonio de la perversidad, ese impulso irracional de saltar al vacío. Yo sentía ese abismo en la rendija oscura de la puerta.

Miré mis propios dedos, pálidos y sucios. Parecían ajenos a mi voluntad. La necesidad de saber, de ver qué se ocultaba tras la barrera, superaba al miedo a la muerte. Era una trampa, lo sabía. Cada piedra del muro gritaba peligro. Pero la curiosidad humana es una enfermedad incurable. Respiré hondo, llenando mis pulmones con el aire viciado del callejón, y preparé mi espíritu para el contacto inminente.

Capítulo IV: el golpe seco

Cerré el puño. Mis nudillos golpearon la madera rugosa. Uno. Dos. Tres golpes. El sonido no fue el que esperaba. No hubo un eco hueco, sino un ruido sordo, pesado, como si golpeara la tapa de un ataúd enterrado bajo tierra. El impacto resonó no en el callejón, sino dentro de mi propio cráneo. Retiré la mano rápidamente, como si la madera quemara, y di un paso atrás, esperando. El silencio regresó, pero ahora tenía una cualidad diferente. Ya no era un silencio vacío; era un silencio atento.

Esperé. Los segundos se estiraron, convirtiéndose en minutos agonizantes. Agucé el oído, buscando el roce de unos pasos, el chirrido de una bisagra, una voz. Nada. Solo el viento que ahora parecía susurrar burlas entre las piedras. ¿Había alguien? ¿O acaso la casa misma era la entidad que escuchaba? La grieta en la puerta permanecía inmóvil, un ojo negro que no parpadeaba. La tensión tensaba mis músculos hasta el dolor.

Volví a levantar la mano, decidido a golpear con más fuerza, a exigir una respuesta al vacío. Pero antes de que mi piel tocara la madera por segunda vez, un sonido emergió del interior. Fue leve, casi imperceptible. El arrastrar de algo pesado sobre piedra. No eran pasos humanos. Sonaba como el movimiento de algo antiguo despertando de un letargo de siglos. El aire alrededor de la puerta se enfrió drásticamente, helando el sudor en mi frente. Algo se acercaba al umbral.

Capítulo V: la invitación

La puerta no se abrió de golpe. Se deslizó hacia adentro con una lentitud exasperante, sin emitir chirrido alguno, como si las bisagras estuvieran aceitadas con sangre fresca. La oscuridad del interior se derramó hacia afuera, más densa que la noche. No había luz de velas, ni fuego de hogar. Solo una negrura insondable y un olor penetrante a incienso rancio y flores muertas. Retrocedí, el instinto de supervivencia gritando ahora con furia.

Desde esa oscuridad, una voz surgió. No era una voz, sino un susurro que parecía nacer dentro de mi cabeza. «Entra», dijo, o creí que dijo. No vi a nadie. Sin embargo, sentí una presencia abrumadora observándome desde las sombras. Una mano invisible parecía tirar de mi voluntad, invitándome a cruzar el límite entre el mundo de los vivos y aquel mausoleo de piedra. Mis pies, traicionando mi deseo de huir, dieron un paso adelante.

La luz cenital iluminó brevemente el suelo del interior: losas de piedra desgastadas, similares a las de una cripta. Vi algo más. En el suelo, justo en el límite de la luz, había marcas. Arañazos profundos en la piedra, hechos desde el interior, como si alguien hubiera intentado salir desesperadamente. El terror me invadió por completo, pero la puerta se abrió más, revelando una escalera descendente que se perdía en las entrañas de la tierra. La trampa se había activado. Ya no era un invitado; era una presa.

Epílogo: el viajero eterno

Nadie volvió a ver al viajero en los caminos del mundo. La aldea sigue allí, perdida entre la niebla y el olvido, guardando sus secretos bajo capas de musgo y piedra. La vieja casona permanece inalterable, con su puerta de madera robusta y sus herrajes oxidados. A veces, cuando la luna se oculta y el viento calla, un caminante incauto puede encontrarla. Verá la puerta entreabierta, esa rendija oscura que promete refugio y entrega condenación.

Dicen que si pegas el oído a la madera podrida, no escucharás el vacío. Escucharás un golpe sordo, rítmico, constante. Uno, dos, tres golpes. Es el sonido de alguien que pide entrar, o quizás, el sonido desesperado de alguien que pide salir. La casa no olvida. La casa se alimenta de la duda, del miedo y de la curiosidad. El umbral espera, paciente y eterno, al próximo viajero fatigado que, ignorando las advertencias de su propia alma, decida levantar la mano y llamar a la puerta del destino.

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