las llaves del hospital
las llaves del hospital

En los callejones de la antigua Jaén, donde las sombras parecen susurrar secretos ancestrales, se entreteje una leyenda que ha desafiado el paso del tiempo. Habla de días oscuros, cuando una plaga feroz asolaba la ciudad, segando vidas sin piedad. Se dice que fue entonces, en medio del tormento de la enfermedad, que la figura venerada del Nazareno, conocido cariñosamente como “El Abuelo”, emergió como un faro de esperanza en el abismo de la desesperación.

Cuentan que en el verano abrasador de 1681, cuando el aliento de la peste helaba los corazones más valientes, las campanas doblaron lúgubremente anunciando el peligro inminente. Los callejones se volvieron senderos de desolación, y el miedo se instaló en cada esquina como un fantasma incorpóreo. Pero entre la penumbra, una fe inquebrantable se aferraba a la creencia en la intervención divina.

Se dice que aquel fatídico 11 de agosto, a las tres de la tarde, los devotos llevaron en procesión la imagen sagrada del Nazareno hacia el corazón de la aflicción, el hospital que yacía en la calle Josefa Segovia. Allí, entre los muros emponzoñados por la enfermedad, se alzó la figura tallada en madera, un símbolo de redención en medio del caos. Las súplicas resonaron en la sala de los moribundos, implorando la misericordia del cielo sobre aquellos que yacían enfermos.

Y en un giro que desafía toda lógica, la plaga cedió ante la presencia del Abuelo. La muerte aflojó su garra implacable, y la esperanza renació como un brote frágil en primavera. Las llaves del hospital, testigos silenciosos de este milagro, fueron colgadas del brazo derecho de la imagen, como un símbolo eterno de la victoria sobre la adversidad.

Desde entonces, las llaves de la vida y la muerte se convirtieron en un amuleto sagrado, una promesa de protección en los momentos más oscuros. Se dice que fueron solicitadas para acompañar a los agonizantes en su tránsito final, y hasta se enviaron a la corte, como guardianes de la vida en sus momentos más preciados.

Y así, la devoción por el Abuelo se arraigó en el alma de los jiennenses, tejida en cada azulejo que adorna las fachadas de nuestras casas. Porque esta no es solo la historia de un milagro, sino el testimonio de la fuerza indestructible de la fe, que puede convertir la oscuridad en luz y la desesperación en esperanza.

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